Otra vez los uniformes ilegales

“Me cortaron la comunicación del teléfono” -dice Yoani-  El escritor Ángel Santiesteban manipula el suyo y exclama: “A mí también”. Arabel hace lo mismo y se encuentra las mismas dificultades. Tomo el mío y llamo a mi hermana: funciona. Pasan unos minutos y  quedo en silencio con la mirada fija en los dos represores que  componen un grupo de cinco a unos metros. Me observan con insistencia. Están erguidos con la actitud prepotente del que está armado y autorizado para reprender, golpear y hasta matar. Cambio la mirada hacia la puerta de la Estación por donde bajan dos uniformados, uno lleva tres estrellas blancas en la solapa, en el otro me parece distinguir dos. Se sientan en la parte trasera de un “Geely” con chapa verde olivo y  se alejan rumbo al semáforo.

Son pasadas las 2 de la tarde, el Sol se ha dejado ver pocas veces por detrás de las nubes grises que el viento del Norte arrastra hacia el horizonte del otro lado de la ciudad. Los vehículos suben y bajan ausentes de todo este drama de represión y represores, de cinismos y perversidades, de barbarismos y atrocidades, con la indolencia de verdugos.

El sonido del móvil me rapta el soliloquio y vuelvo a la realidad del anacronismo lúcido de la libertad. Aún tengo comunicación – me digo- y escucho la dulce voz de Lili: “Te van a llamar de Radio Martí” – me dice-. Le comento a Yoani por si ella quisiera hablar. “No, –me dice- hace unos minutos tuve una entrevista”. A los cinco represores que nos custodian se les ha sumado un uniformado con una estrella blanca en la solapa. No quiero que escuchen la entrevista y le digo a Yoani que me retiro hacia el auto. “Nos cortaron la comunicación –dice- van a actuar”. “Si sales no te van a dejar entrar”. “Ya he cruzado dos veces por dentro de ellos” -le contesto-. Con la sonrisa en los labios me dice: “A la tercera va la vencida”. No le hago caso y cruzo de nuevo bajo la mirada pérfida de los muchachones. Escucho cuando uno le dice a otro: “La guagüita no ha llegado”. Por un momento presiento que se trata de una guagüita para recogernos. No es la primera vez ni será la última que las utilizan como carro jaula para hacer traslados de pacifistas reclamadores  de derechos.

Llego hasta el auto y me siento frente al timón en espera de la llamada. Pasado unos minutos llega Eugenio Leal y toma un poco de agua y un paquete de galletas que estaban en el asiento trasero del carro y lo lleva para donde están los otros. Quedo solo, meditando en el triste destino de la nación cubana, en estas generaciones que nacen y no existen, que respiran y no viven, que amontonan en las esquinas la inteligencia como basureros y se cargan de mediocridades.

Suena el teléfono, del otro lado de la línea la voz de Dagoberto me interroga sobre la situación. “Estamos rodeados -le digo- parece que las cosas se van a complicar, a los demás les han cortado la comunicación. Solo funciona mi móvil”. Gracias, Agustín – me dice- y vuelvo a quedar con el pensamiento revoloteando sobre las ruinas de la ciudad, siguiendo con la mirada las hojas que caen de los árboles y el viento arrastra con el polvo de la calle.

Otra vez el sonido del móvil, ahora de más lejos, del otro lado del mar. Del otro lado de los ríos de lágrimas, de las manos alzadas en adioses indefinidos de náufragos suplicando la bondad de Dios: “sálvame”; del otro lado de los tiburones destrozando cuerpos, del otro lado donde está una Cuba hecha retazos de nación. “Hola Agustín, buenas tardes, te hablamos de Radio Marti, cuéntanos”. – Respuestas repetidas: las que se dijeron ayer y se dirán mañana: “estamos rodeados, nos han cortado la comunicación”- “Quiénes están contigo”: la emoción me crispa la garganta, hago brotar las palabras a garrotazos de impotencia: “Yoani, Arabel, Claudio Fuentes, Eugenio Leal, Santiesteban, y dos personas más que conozco pero no sé su nombre”.  “Te llamamos más tarde.” -me dicen- y quedo otra vez repartiendo despojos y forjando sueños.  Observo los uniformados, entreabro la puerta, y desplazo la cámara con discreción, aprieto el obturador y hago una foto. Tomo una hoja y escribo la primera palabra de una crónica anunciada.  De pronto una algarabía  trastorna la calma, miro el retrovisor, y veo uniformados que corren y gritan. Salgo del auto, estoy seguro de que van contra mis amigos. Llego hasta esquina, los represores no están, han cerrado la calle, veo correr más militares y civiles: dos, cinco, diez, seguidos de autos patrullas,… “, contra mis amigos”. Llego al lugar donde estaban… un nicho entre dos casas: ahí están las galletas y el pomo de agua pero ellos no están. Me volteo hacia donde corren todos: a Yoani la tienen rodeada, Arabel gesticula mientras lo arrinconan a un auto, a Santiesteban parecen hacerle lo mismo: le doblaban las manos a la espalda retorciéndoselas  con fuerza y lo hacían pegarse a una patrulla. Regresé al auto, un grupo de niños vestidos de rojo y blanco provenientes de  alguna  escuela se detienen a mirar. Varios uniformados de verde olivo  les ordenan que se retiren; pasan a mi lado curioseando hacia atrás.  Llamo a Dagoberto, y le cuento, haciéndole saber que yo estaba esperando que me atraparan dentro del carro. “No, que no te atrapen” -me dice. Pongo en marcha el motor y me voy a la otra cuadra.  Vuelvo a contactar con Radio Martí y cuento lo que he podido ver. Me hacen algunas preguntas pero no puedo ser tan preciso,  le digo que me vuelvan a llamar dentro de unos minutos.  Tres patrullas cruzan delante de mí por la avenida Acosta hacia Lawton.  Tomo la cámara y me la cuelgo al cuello debajo del pulóver con la intención de poder hacer algunas imágenes lo mas discreto posible para no perder el equipo. Me coloco detrás de un arbusto y aprieto el obturador sin  ajustar distancias.

Dos civiles con overol se ríen y unos jóvenes al frente me observan. Regreso al auto y lo hago retroceder unos metros con la intención de irme y avisar personalmente a Reinaldo y otros ya que los teléfonos tanto los móviles como los fijos están cortados, pero las contradicciones espirituales   obstaculizan la prudencia.

Salgo a la avenida por donde acaban de cruzar los carros policiales y doblo en el mismo sentido de las patrullas, contrario a donde está la gendarmería enardecida y envalentonada porque han atrapado a 8 pacifistas desarmados y sin ninguna preparación militar.  Giro después de una pequeña loma y me dirijo directamente a cruzar frente a la Estación. Ellos no esperan  ésta reacción. “Pasaré inadvertido”- eso pienso y lo logro.  Me convenzo entonces de que se los han llevado a todos. No cumple objetivo quedarme, entonces decido llevar la información a Reinaldo.  Cuando salgo a la avenida  1O de Octubre contacto con Lili y le digo que vaya donde Reinaldo y le adelante la noticia con la esperanza de que esté en la casa y no se mueva hasta no llegar yo . El pie en el acelerador, una mano en el timón y la otra en la palanca de las velocidades , toda la atención en la carretera es poca.  Es la hora en que el tráfico comienza a aumentar y las aceras se abarrotan de zombis resignados al látigo del esclavista Estado. Pero no es la velocidad lo que define sino el cálculo, la estrategia en la esquiva de huecos  y vehículos ancestrales conducidos por choferes  con pericia pero con una cultura vial al margen del desespero, nutrido de decadentes valores y debilitada conciencia. En realidad no son culpables enteramente, un poco que son  víctimas de un estado mísero, paupérrimo, alejado de la real ética del respeto por la integridad humana. El tráfico es una jungla selvática enferma y decadente, símbolo de una nación arruinada por la antropofagia que devora el alma y deja el cuerpo amorfo, desnutrido de frutos espirituales.  La manecilla corta  del reloj ya había rebasado las tres pero el detalle de la exactitud en los  tiempos no es una de mis virtudes.  Sé que el Sol ha declinado lo suficiente como para creer que falta poco para que las sombras abracen los desfasajes civilizados y las penitencias cotidianas se adormezcan en el onirismo de la esperanza. Reinaldo ya me espera, subo donde la Y espanta buitres reluce en el anacronismo de un círculo de edificios nutridos de sátrapas  y acomodados a las prebendas gubernamentales arrebatadas al pueblo humilde y trabajador, sometidos al imperio de Satanás.

El papá de Yoani está serio y pensativo sentado a un costado de la mesa. Lili ya le ha comentado al indio sobre la operación “Felicidades Obama”. El indio medita. Una llamada de Radio Martí. Me proponen una entrevista al aire, vuelvo a pensar en los destierros, las expulsiones, las huidas con las esperanzas muertas, los ríos de lágrimas en los aeropuertos,  y vuelven esas imágenes de náufragos, y brazos que se alzan en adioses indefinidos, que como fantasmas me persiguen aun en los sueños. No hicieron nada para ser condenados solamente querían ser ellos mismos, querían vivir con la libertad que Dios los creó. El nudo en la garganta me presiona las palabras y las piedras detrás de mis ojos se licuan,  pero tengo que hablar, gritar si es preciso, por los que ya no están y desaparecieron en la añoranza y las nostalgias con la vista fija en un retrato o en un recuerdo. Por mis amigos apresados por exigir los derechos de todos, por comprendernos y amarnos con armonía y no seguir en el enfrentamiento de cubanos contra cubanos mientras otros cubanos indolentes aferrados al poder disfrutan el circo romano. Cuento los acontecimientos con el lenguaje impreciso de los desposeídos, de los mudos y tartamudos que se tragan la lengua aterrorizados por el poder. En algún momento me siento culpable de no saber el nombre de dos de los apresados que estaban allí conmigo, pero recordar nombres tampoco es una de mis virtudes. Sin embargo, los rostros se petrifican en la memoria. Me asquea la palabra revolucionario, el uso dado por el castrocomunismo es aberrante y perverso. Pero si el significado en el diccionario de “revolución” es cambiar, los acusados de contrarrevolucionarios expulsados del país siempre fueron los revolucionarios. Este gesto de bondad inmerecida lo recordaré hasta el último minuto antes de ir al sepulcro. “Gracias hermanos del destierro”.

Guardamos el auto y salimos hacia la estación de 10 de Octubre y Acosta. El indio lleva un abrigo y un pomo de agua para Yoani. Dos cuadras antes de llegar voy divisando la tropa de esbirros vestidos de civil y uniformados de verde olivo. Todos se ponen en alerta como si otra tropa los viniese a atacar. Llegamos a la entrada. Los vestidos de verde olivo se ponen serios y ásperos, los demás nos han seguido: suman ahora 17. El guardia del micrófono en el pecho secundado por los otros nos interrumpe el paso. Reinaldo le dice que necesita entregarle el abrigo y un pomo de agua a una persona que fue detenida y debe estar allí.  -“No se puede, está prohibido después de las tres de la tarde”. El indio aclara: “Sí, pero es que fue detenida después de las tres.  Dónde  está la Dirección”. Observo los rostros, se ponen belicosos. Ya nos han rodeado. El del micrófono colgado cerca del bolsillo derecho nos indica que al doblar de la esquina.  Sin más palabras nos dirigimos hacia allá. El grupo nos sigue, nos tocan por la espalda antes de llegar a la puerta de entrada: “están detenidos” nos dice un mulato fortachón que usa unos audífonos. “¿Por qué?” -le dice Reinaldo. Nadie contesta. “Está bien, pero déjeme hacer una pregunta en la Dirección”. “Cállese” -ordena el de los audífonos. Ahora se han agregado más al grupo. Componen una gran pandilla.  El Indio no se calla: “tú no me puedes callar, estas equivocado”- le dice. Observo la mirada de repudio y odio del mulato por un momento presiento que le va a golpear, pero no lo hace, lo empuja hacia una patrulla que ya estaba parqueada:  “pónganle las esposas” -ordena el mulato a los policías- “cachéenlos primero”. Alguien dice: “¿traen celulares?”.  “No” –contestamos.  Nos colocan las manos sobre el techo y nos abren las piernas. Nos requisan.  Uno dice: “Pregúntale dónde está el carro”. Lo concibo como una pregunta imbécil y volteo el rostro y lo miro de frente. “No lo traje” Él dice: “¿entonces venían preparados?”. Sonriendo con cinismo le digo: “Claro, compadre” Nos llevan las manos a la espalda y siento el frio contacto de las esposas sobre las muñecas. El dolor del hierro sobre la vieja herida del machetazo del delincuente me cala hasta el hombro, luego se hace más irresistible cuando me sientan en la patrulla. Me inclino hacia adelante  y recuerdo que alguien comentó delante de mí un día que lo mejor era no mover los brazos cuando las esposas te apretaban. Levanto la cabeza y voy buscando los ojos de nuestros captores, un joven me sostiene la mirada por momentos, otro señor mayor vestido de verde olivo también lo hace, el joven me parece un adolecente en la incertidumbre, el más viejo parece perdido. La patrulla dobla y a unos metros de la esquina un civil la detiene. Llama al chofer y le ordena que nos quiten las esposas. Parte de los que nos han detenidos se acercan. Los policías titubean, el civil repite: “bájenlos y quítenle las esposas”. El policía que se ha quedado en el auto se baja y da la vuelta, me ayuda a salir, luego me quita las esposas. El dolor se alivia, le enseño la mano marcada con dos rayas sanguinolentas encima de la lesión y sonrío, busco los ojos de nuestros captores y vuelvo a encontrar la mirada del joven, la sostengo pero él la desvía. Ahora me estoy burlando y me digo: “si fuera yo uno de ellos en este mismo momento le entregaba la placa”. Pero me doy cuenta que yo nunca podría estar en su lugar.

La próxima semana termino.

 

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8 respuestas a Otra vez los uniformes ilegales

  1. Paco Perez dijo:

    Soy cubano y conosco bien como han sido y son las cosas alla,ahora imaginense estas mismas imagenes 15,20 anios atras en el interior del pais,sin celulares,camaras ni prensa extranjera pendiente de lo que nos podia suceder,y aun asi los esbirros temblaban y no podian entender como y por que seguir adelante en una lucha practicamente en solitario. Los que se decian delegados o representantes de los DDHH recibian nuestras denuncias y nunca las hacian publicas para crear otros protagonistas que ellos mismos hasta que lograban lo que buscaban-salir de Cuba- Ah,eso si,cuando asistian a las entrevistas en la SINA mostraban nuestros casos como si ellos le hubiesen dado una cobertura total. Hoy las cosas tienen matices diferentes,pero la lucha pasifica sigue siendo solo un simbolo con el que la mayoria de los cubanos se muestra apatico e indiferente,por cobardia y/o conveniencia,pero nuestra nacion como que no logra merecerse una Cuba libre y democratica………………….Saludos

    • agustinv dijo:

      No me las imagino porque las aprecie y aunque no las sufri en carne propia gracias a Dios, si las sufri con el alma, porque para suerte y virtud la pasadilla del pueblo cubano me hacia gritar en los suenos. gracias hermano por tu comentario sigue observando como dice el Ecleciastes cada cosa a su tiempo y es tiempo de darlo todo por la libertad con que Dios nos creo para su gloria. un abrazo

  2. Esos abusos no van a quedar impunes.

  3. lazaro dijo:

    Cuando todos los cubanos seremos capaz de unirnos como uno solo todos estos atropellos se acabaran ,pero sin ningun interes ocultos .Y la union no es solo aquellos que estan alla sino todo lo que estamos afuera que hablamos en ocasiones mucho pero de hacer NADA! yo soy uno de estos gracias!

  4. Pingback: La Cuba de Raúl Castro en la red « Cuba Nuestra: Ùltimas noticias

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