Vuelven actuar los uniformes contra la legalidad

Ya es de noche, una lluvia invernal ha mojado la calle. Aun quedan finísimas gotas disueltas en el aire. Deben ser cerca de las 19, hora militar, las 7, hora civil. La mayor parte de las veces utilizo la hora militar cuando escribo porque Cuba es gobernada por el militarismo aunque para el mundo parezca diferente. Digo “deben” porque no llevo el reloj Orient de esfera azul regalo de mi hija buena expulsada al país de los malos para seguir siendo buena. No quiero perderlo o maltratarlo y sé que cuando me pongan las esposas cualquiera de las dos cosas puede ocurrir. Camino vadeando los pequeños charquitos de agua, evitando que el zapato se humedezca y luego llegue hasta la media. Son también un regalo de mi hija desde el país de los malos. No están deteriorados pero ya los he tenido que coser y casi nunca quedan herméticos. Una leve brisa fresca me golpea el rostro. Introduzco las manos en el viejo abrigo, casualidad o dicha es también un regalo, pero no de mi hija sino de mi amigo el balsero que cuando ya estaba agotado y con las esperanzas perdidas, listo para morir como un naufrago recordaba la estrella que yo le había indicado que siempre que estuviera a popa o estribor le llevaría hacia el país de los malos. Un día, hace años, apareció a la casa y me dejo ropa y el abrigo.

La parada está desierta, pero no piense el lector sobre una mejoría del transporte, sencillamente acaban de pasar los ómnibus. Le pregunto a un señor sobre el ómnibus a tomar para 60 y 3ra en Miramar, me orienta y espero. La parada se va llenando rápidamente. Aparece alguien pasado de tragos, el alcohol le ha zafado los nudos del miedo, y las inhibiciones conservadas durante años se le escapan en un discurso tan coherente y lúcido que merece una medalla de honor: “¿Fidel no decía que en los EU es donde más se discrimina el negro? Mira, parece que era mentira, tienen ahora un presidente negro.” Entonces reía y con ironía preguntaba: “¿y ahora qué, dónde está la mentira? Fidel es un mentiroso, en los EU un negro puede ser presidente”. Agregaba algunas críticas más al ex presidente y su hermano el presidente actual y se volvía a reír. Las gentes lo miraban cohibidos, temerosos como a un apestado. Algunos sonrieron. Yo me dije: así están la mayor parte de los cubanos. Solo tienen valor para decir la verdad cuando están bajo el efecto del alcohol o locos. Estuve al tanto de su discurso por si alguien le importunaba. Los borrachos son despreciados y no sin causa, pero nadie lo hizo y el hombre quedo allí con su perorata de protesta y razón. No le felicité evitando la empalagosa amistad que agarran los ebrios al primer asomo de apoyo y yo pronto debía de decir verdades bien sobrio en otro lugar, rodeado de las fuerzas policiales y del MININT en caso de que lograra llegar sin ser secuestrado antes.

Subí al ómnibus repleto y baje en 19 y 46. Caminé rumbo a 1ra y 60. Había recibido ya una llamada de Lili contestándole que unas cuadras antes de llegar, la llamaría. Cruzo frente a una Paladar donde hace entrada un auto de turismo, del otro lado de la verja un señor lo recibe con amabilidad y delicadeza. Dentro le esperan deliciosos manjares y gratas bebidas, pienso en los cubanos de a pie que nunca podrán sentarse allí mientras exista este sistema. Alzo el rostro y miro hacia el frente, mis pasos se hacen más firmes.

Antes de cruzar 5ta llamo a Lili y le comunico que si no la llamo dentro de 20 minutos estoy preso. Son las 20 horas con 23 minutos, ya cruzo 3ra y diviso el grupo de agentes en la esquina de 1ra A. Me autoanalizo por si queda en alguna grieta algún vestigio de temor, me siento satisfecho: por lo menos hoy no existe. Avanzo directamente hacia ellos, cuando me acerco descubro en la entrada izquierda un auto patrulla y una moto de transito en medio de la calle. Al llegar al grupo los primeros agentes de la Gestapo castrista me dan paso, luego los últimos junto a dos policías me lo cierran. Los uniformados: una mujer negra y un hombre me piden el carnet de identidad. Ya lo tenía a mano y se lo entrego. La muchacha uniformada de azul me pregunta hacia donde voy. “A casa de Antonio Rodiles” le digo. “Póngase para acá” me ordenan los de civil mientras uno me toma del brazo y otro llama al puesto de mando, da mi nombre y escucho cuando alguien le ordena un traslado. Ya entonces se han acercado los tripulantes del auto patrulla y tomándome uno de ellos por el brazo, seguido de dos de la Gestapo, me conduce al carro blanco rotulado en negro. Con las manos sobre el techo me cachean. El teléfono y las llaves de la casa no me los quita el policía, pero el de la Gestapo me pregunta “¿tienes teléfono?” Por un instante titubeo. Quizás haya sido un gesto de bondad del policía y si fuera así pensaría mal de mí, pero la mentira es denigrante y de cobardes, de los que sirven a Satanás. No lo soportaría después, y si por casualidad el agente descubre el teléfono sentiría demasiada vergüenza, la paz interior siempre será más fuerte que la paz exterior y de la interior partirá la que se pueda irradiar. No le contesto y lo busco en el abrigo aparentando dificultad, para proteger al uniformado en caso de que allá tenido el gesto de bondad. Así el de la Gestapo podría pensar en una novatada y no regañar al policía. Se lo entrego al uniformado, el civil le ordena que lo apague.

Me llevan las manos a la espalda y colocan las esposas. Esta vez no apretaron demasiado. Abren la puerta trasera, me introducen y quedo sentado en posición fetal porque las manos en la espalda con las esposas puestas causan dolor si te yergues. Son una tortura permanente, pero tengo una lesión en una vértebra y esa posición es difícil. Entonces ladeo las manos y de esa forma es más resistible. El carro, después de unos minutos allí sube por 60. Dentro siento calor con el abrigo puesto y comienzo a sudar. Los cristales están subidos pero prefiero ahogarme antes que pedir clemencia. Atravesamos 3ra y luego 5ta. El policía de la garita no se asoma pero debe estar alertado de todo el operativo. Vamos en sentido contrario hacia donde caminaba unos minutos antes. Así es, aunque está noche tenga un solo destino: enfrentarme al poder, la dirección puede, solo en segundos, variar.

Las luces de los autos y del escaso alumbrado público se desplazan con rapidez hacia atrás. Un hueco en la vía me hace pegar contra la puerta. El chofer pronuncia una exclamación obscena. Por suerte el viaje ha sido corto y no estoy ahogado. Ya estamos deteniéndonos frente al DTI de “Playa”: la “5ta estación”. Me baja uno de los uniformados, el otro le hace un gesto de espera mientras se desplaza a la parte ocupada por mí unos minutos antes y comienza a buscar minuciosamente. Por un segundo pienso que está colocando algo para involucrarme en un delito común. Hay comentarios de que esas cosas suceden, pero “quién no la debe, no la teme” dice el adagio campesino. Al fin termina y abren las esposas. Subo los escalones de la entrada, me pasan de largo por la carpeta. No dan conocimiento a los recepcionistas. En un pasillo me entregan a un negro uniformado de verde olivo, que abre rejas y quedo en una celda amplia ocupada por bancos de mármol. La única palabra que he cruzado con ellos es el saludo de “buenas noches” que nadie respondió. Ya dentro me quito el abrigo y unos minutos después me pongo a orar. No pedía a Dios que me salvara de aquello ni que ellos fueran maldecidos sino que me diera todo lo necesario para enfrentar cualquier incontinencia. Recordé a Pedro encarcelado y cantando, luego el terremoto y las puertas de la cárcel abriéndose. Sin embargo, el no salió para salvar al guardia. Había otro sentimiento emocionante: me sentía bien allí. No estaba preso: la libertad era yo, estaba dentro de todo mi ser.

Quizás habían transcurrido 40 minutos cuando un mulato y el negro de verde olivo me llamaron y me condujeron a una oficinita donde me recibió un señor con la mano extendida y una sonrisa en los labios. Tomó mi mano y la apretó con euforia, mientras casi me abrazaba. Pareció un reencuentro de viejos amigos. Para un espectador que no haya visto el acto de traerme hasta allí esposado en un auto policial, podría parecerle un reencuentro filial. Yo lo tomé como el ejercicio de una clase de la escuela de inteligencia, o contra la inteligencia, de gobiernos para conservar el poder, sin la inteligencia. Quizás en algún libro académico de la Stasi , la KGB,  la Lubianca u otra organizacion represora estaba escrito la sutil pedagogía, Era parte del programa de la bondad represiva que actúa fuera de los derechos humanos Me indicó una silla y dijo: “Agustín López hace mucho tiempo que deseaba conversar con usted pero necesito que lo tome como una conversación personal. Lamento las circunstancia en que ha sido traído.” Fue a seguir el programa detestable de la hipocresía pero lo interrumpí: “Acepto las condiciones, eso no me disminuye, en cualquier lugar, a cualquier hora y con cualquiera, no se preocupe”. Entonces le mire a los ojos y descubrí una mirada fría y segura.

Parecía estar convencido y preparado para llevar a cabo sus propósitos a cualquier precio, pero no en aquellos momentos. Desde entonces no le quité la mirada de sus ojos. Traté de hacerle un retrato mental porque no me dignaría a preguntarle el nombre si el no había tenido la decencia o el valor para presentarse. Medía de uno setenta a uno setenta y cinco, la compleción atlética demostraba salud y fuerza física, coronada con una cabeza de toro con los pocos cabellos que le quedaban bien recortados. El rostro redondo de ruso cubanizado adornado con el blanco bigote me dio la impresión que estaba entre los 46 y los 50, apostaría que por los 48.

Sostuvimos una larga conversación con dudoso respeto pero con gran diplomacia. No la escribo porque le dije precisamente que aceptaba el sentido personal de la conversación, aunque la conservaré hasta que él cometa el error de los que se creen con poder y dominio sobre otros.

“Pudiéramos estar toda la noche conversando pero hay otras cosas que hacer y ya es tarde” -me dijo, mientras se levantaba de la silla, daba la vuelta a la mesita y volvía al saludo efusivo. Esta vez era de despedida.Habia cumplido su objetivo ya no podria asistir al lugar donde me dirigia   Ya el mulato de la Gestapo bien conocido por él por la forma en que se trataban, me estaba esperando. Estuve unos minutos sentado en el salón de entrada y luego me condujeron a otro saloncito donde me esperaba un doctor que podría haber sido el sepulturero o el carnicero vestido con una bata blanca, porque no hubo identificación. Me indicaron sentarme mientras un corpulento señor que estaba sentado en una esquina con una cámara de televisión se ponía de pie y hacia una toma quién sabe con qué propósito; pero cualquiera que fuese, le ayudé en el trabajo. Terminada la maniobra con el supuesto médico, me sacaron de nuevo a la sala principal. En ese momento se sentaban frente al “carpeta” dos jóvenes con aspecto de jineteras o prostitutas, de esas tantas engendradas por la Revolución como víctimas de la injusticia social. Lamenté sus destinos, embriagado de compasión. El mulato me entrega el carnet y el teléfono, ya junto a mi nuevo “viejo amigo” que me vuelve a estrechar la mano prometiéndome un “próximo encuentro”. Me indican la salida y bajo la escalera de pocos peldaños que adorna la entrada, seguido del camarógrafo que rápidamente se coloca al frente junto a otro personal de la Gestapo y uniformados de azul. Pienso que quizás sea una toma importante para el Granma de mañana acompañada de un editorial donde diga “mercenario”, “contrarrevolucionario pagado por la mafia de Miami o agente de la CIA”. Miro entonces directamente a la cámara y me yergo más.

Ni ellos, ni algún periodista oficialista tendrán la suficiente dignidad y valor para enfrentar la verdad.

La noche está oscura y fresca, echo a andar de nuevo por esta ciudad de zombis y zascandiles. Pongo atención por si me están siguiendo, en la próxima cuadra un auto enciende los faros, me pongo alerta por si me va a embestir. Quizás la toma sea para presentar la evidencia de que salí perfectamente de la Unidad. No ocurre nada, el auto entró a un garaje. Enciendo el teléfono y llamo a Lili indicándole que estoy libre y por dónde transito. Luego llamo a mi hermana preocupado porque la hayan detenido también antes de llegar. “No está en casa” -me dice su esposo, “ella se fue con Arabel”. Un sobresalto me invade por sus enfermedades, entonces llamo a Arabel y respiro con tranquilidad cuando me dice que están todos bien en casa de Rodiles disfrutando Estado de SATS, desde allá también me habla Elizardo Sánchez averiguando cómo estoy. “Todo está bien”, me digo, y una especie de melancolía placentera me invade.

Siento la necesidad y el deseo de caminar en silencio por estas calles llenas de sombras, y vacías, sintiendo esta Cuba mía, agonizante y arruinada transitar por cada grieta de mi alma: un poco más vivo y muero con ella.

En otra calle por la que cruzo con la embriaguez de la ingenuidad cuatros jóvenes atraviesan la noche ignorando el futuro. Quizás tengan las mismas ilusiones que yo hace 35 años atrás.

Mis compañeros no me dejan seguir, aparecen en el auto de Arabel junto con mi hermana y me recogen. Quiero seguir en la noche, ellos dicen que hay peligro pero  ignoran los dos ángeles que me custodian. Gracias Dios mío por conocer mi corazón.

 

 

 

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Vuelven actuar los uniformes contra la legalidad

  1. sentirCuba dijo:

    usted es una persona muy valiente…..

  2. ¿Cómo pueden vivir así? No ustedes, los esbirros. Ustedes pueden vivir porque portan la luz que los hace libres; los represores portan la obscuridad de su propia degradación.

  3. wilfredo zulueta dijo:

    Cuando ustedes van ante el mundo a mostrar las pruebas de todos esos atropellos, un mundo justo es posible.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s