El mercado negro, determina la justicia social en Cuba


El hombre se me acerca. Viene cabizbajo, encorvado como si la espalda se le hubiera transformado en plomo. Sus pasos son inseguros, cualquier rumbo parecía darle igual, alza la vista y mira alrededor, indiferente a la existencia. La arboleda le parece hecha de varias figuras vacías y él una basura, un pedazo de estiércol, excretado por cualquier animal. Se siente humillado, miserable, desdichado, avergonzado de su existencia. Así lo veo cuando se para frente a mí y me mira con las pupilas encendidas y las lágrimas de impotencia haciendo reflejos de soles invisibles clavados en el alma. Pretende articular la palabra, pero una piedra le obstruye la garganta y siente cuchillas hiriéndole la lengua. Resignado me abraza y llora sobre mis hombros, le coloco una mano sobre la espalda, la otra sobre la cabeza y sin saber por qué lloro junto con él. Después nos separamos y, aún sin decir palabra, da la vuelta y se marcha, entre las manos lleva unos hot dogs y una jabita de nylon con arroz. Entonces se vuelve, los alza y grita: ¡Le han puesto el precio del mercado negro! Hago un gesto de resignación con los hombros y también doy la espalda e intento caminar, pero los pies se han clavado a la tierra, no responden a la orden del cerebro. Sorprendido y asustado giro de nuevo para pedir ayuda al hombre, pero en el camino no hay nadie, el hombre ha desaparecido. Entonces me percato de que mis manos están ocupadas por unos hot dogs y una jabita de nylon con arroz. Unos minutos antes había vendido las bañaderas de criar los peces ornamentales para dar de comer a cuatro personas e irremediablemente mi dinero limpio, si es que hay dinero limpio en Cuba, fue a parar a manos del mercado negro. Para mi suerte, no siempre tengo que alimentar a cuatro personas.

Ayer, mientras regresaba a casa, crucé frente a un mural donde se ha colocado el precio de los productos liberados que no se subsidiarán más y todos se pueden catalogar de primera necesidad: jabón 5 y 7, detergente 25, pasta dental 8, etc.; de construcción: el bloque 7, las baldosas 10, zapatillas 2.50 pesos en moneda nacional, el saco de cemento 6.60 CUC. Como suele ocurrir en el cubano que aún es capaz de pensar y de reflexionar con su cerebro y no con el miedo al castrismo, y tampoco con las reflexiones o mejor, defecaciones del “compañero” Fidel, deduje un futuro desastroso.

Solo para cubrir las necesidades de comer, vestir asearse y tener un techo donde guarecerse, supóngase un salario de 500 pesos y un hombre sin familia, que haga huelgas de hambre por años, que tampoco se asee, ande desnudo y no se corte el cabello: fue capaz de comprar 50 sacos de cemento en un año. Al otro, de esa misma forma, logró comprar la arena y así sucesivamente a los diez años completa los materiales para su casa. Después estuvo diez más para declararla habitable, diez más para hacerla propia. Empezó la huelga de hambre, a no asearse, a andar desnudo y no cortarse el cabello a los 20 años, ya tiene 50 para comenzar a crear familia. Porque ahora tiene un hogar donde guarecerse de la lluvia y el sol y no dejar a la prole en la intemperie. Ese es el hombre nuevo, creación única del socialismo del siglo XXI. Parece un robot ¿Verdad?

El mercado negro existió, existe y existirá en todo el mundo, pero no en todo el mundo rige como justicia social, no en todo el mundo se convierte en ley del valor y se toma como patrón de precio, aún a los productos de primera necesidad. En Cuba – tu país y mi país, tu Patria y mi Patria, cubano – se ha convertido, después de 1959 y como virtud revolucionaria, para honor de la dirección del país, en un círculo vicioso. Primero: la ineficiencia, la improductividad, las negligentes gestiones económicas, las fraudulentas planificaciones, con su pésima explotación de los recursos y obsoletas relaciones de producción elevan el costo de producción y desaparecen o escasean los productos, se ponen inaccesibles a la Cuba de adentro y de abajo, luego aparecen en el mercado negro y más tarde aparecen también en el comercio del Estado a precio del mercado negro para cubrir la ineficiencia del parásito estatal, sometida toda la economía al fanatismo político afianzado con la fuerza del poder. Unas veces existen fluctuaciones, otras la incapacidad del estado para producir y el aumento de las fuerzas no vinculadas directamente a la producción, como efecto del arrastre, hace prácticamente imposible el retroceso. Entonces el círculo vicioso se extiende. Casi como necesidad, el hombre se ve obligado a colocar en el mercado negro todas sus convicciones, sus conceptos morales, vacía la dignidad, el honor, (ilegible) y la honestidad. Además de la vergüenza se degrada todo al valor del mercado negro y al Estado seguir fielmente este patrón, lo legaliza, rige la corrupción y aún más, la incita como única forma de prosperidad económica.

Hoy nuevamente ha sucedido, el Estado ha elevado y pretende colocar todos los productos a precio de mercado negro, asequible para ladrones, malversadores, desfalcadores, estafadores, prevaricadores, todos los que habitan bajo el imperio de la corrupción, y cuya esencia no es esa: son también víctimas de la vil y abominable dictadura, una consecuencia directa de un gobierno donde el derecho, la justicia y la libertad son propiedad privada de las altas esferas del Estado, y el sacrificio, las necesidades, la falta de derecho, de justicia y de libertad más la miseria son propiedad colectiva del pueblo.

Qué diría hoy el capitán de navío doctorado en ciencias sociales que nos expresó en una clase en el año 1976 y afirmó categóricamente: “Los productos de primera necesidad, en los finales del socialismo e principios del comunismo, siempre serán subsidiados para suplir las necesidades de los trabajadores satisfactoriamente.”

(Lista de precios)

Nota del autor: Mi madre tiene 78 años y está enloqueciendo. Cada vez que llego a su choza la encuentro con la chequera y la libreta de racionamiento en la mano, repitiendo palabras como “cobrar el dinerito”, “sacar los mandados” (canasta básica) o pagar la deuda de los efectos electrodomésticos, contraída forzosamente con el Estado. Me digo, son disparates de la edad, pero la realidad es otra, no lo son y quizás muera de hambre como mis perros. Mi abuela murió de 98 años, pero no enloqueció repitiendo la miseria de la “Revolución”.

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