La hora de Cuba

A los cubanos de arriba, con la bayoneta en ristre y el dedo en el gatillo, para apuñalar o disparar a otro cubano, por ser también ser cubano. A los cubanos de abajo, desposeído y esclavizado, a los cubanos valientes, con el signo de la libertad al descubierto con sus pechos sangrante, a los cubanos cobardes, con la ignominiosa marcha de la sumisión, avergonzando la cubanía, sumido en la desgracia de la corrupción, por el desconcierto social, con la expresión exteriorizada de la aberración, a los cubanos incorruptible que a duras penas y con un esfuerzo grandioso, sobreviven bajo la implacable discriminación a que son sometidos.

A los cubanos todos, los verdes, los rojos, los de izquierda, los de derecha, lo de afuera, los de adentro, del sur, del norte, del este o del oeste, y sobre todo a los cubanos cuyo corazón está incompleto, si Cuba no está en ellos. A los cubanos por Cuba.

Es hora de aunar el deseo de fraternidad, consagrado a la paz y a la comprensión, sometiendo la egolatría desafortunadamente mísera de las riquezas, hegemonía y poder, al amor. Es hora de apartar la preocupación por solventar la miseria engendrada, más que por las economías inestables, por nuestra carencia de dignidad y honor. Es hora ya de decir basta a los enredos, confundidos de enemigos imaginarios, concebidos por el poder, es hora ya de dejarnos arrastrar por las discordias vecinales, argumentada en demagogia, para esperanzas vacías. Es hora ya de abandonar las despedidas sin tiempo, las separaciones indefinidas, las huidas confundidas como horrorizado cobarde desparramado por la tierra; es hora de sacudir el podrido árbol del poder aunque las raíces se volteen hacia el cielo, desprendiéndose de la tierra. Es hora de convertir el cementerio del Estrecho de la Florida en campo fértil del amor, donde las flores lanzadas a los difuntos, derramen lagrimas de unión, haciendo naufragar en sus azules aguas, la tristeza de los desafortunados tiempos que nos han mordido.

Es hora de hacer polvo con nuestra palabra y acción, el muro de la separación, la censura y el desamor, de gritar los silencios retenidos, sumiéndonos en pesadillas infernales, como aplastante carga de existencia. Es hora de dejar de sucumbir en el altruismo como fraude, al arrastrar nuestras rodillas de mendigos de derechos, es hora de echar a un lado, la pederastía social, el proxenetismo ideológico, el castramiento filosófico y la prostitución política.

Es hora de dejar de cubrirnos, nuestros afeminados cuerpos, de maricas acomodado a la historia, como títere y marioneta, consignado a la aberración del cubano, con forma y definición. Es hora de dejar de traicionar la patria, tomándola como alfombra, donde dejamos lo sucio de nuestra impotencia, argentada de vanidades.

Es hora de dejar de engañar a nuestros hijos, como miserables cobardes, incapaces de dominar los miedos. Es hora de buscar en los roperos, los ocultos y olvidados trajes de hombre, sellados en bóvedas que nos avergüenza, es hora de limpiarnos el alma de tanta lepra política, que solo conduce al desgarro de la condición humana. Es hora de adueñarnos de nuestra existencia y no proceder como esclavo, al batir el látigo de la deshonra y el grillete del deshonor.

Es hora de ser cubano de adentro y no cubanoafricanos, y no cubanovenezolanos, y no cubanoamericanos, y no cubanoextranjeros, mendigando el derecho que no tenemos valor para reclamarlos por cualquier nacionalidad.

Es hora de ser cubanos, de Cuba o de perecer en el intento de serlo.

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