Mujer de coraje

Escribir repetidamente sobre un tema y además, del que escriben muchos más avanzados técnica e intelectualmente que yo, es algo contradictorio a la inmediatez. Personalmente considero un autoplagio al intelecto. Las segundas nupcias son divorcios, pero la gota de agua siguió cayendo sobre la piedra hasta hacer primero una marca, después un hoyuelo y terminó en un túnel.

Es día lunes 7 de marzo, el sol ha declinado y una brisa suave recorre los restos de la ciudad masacrada por la dictadura. La muchacha (para mí la gacela con ojos de colibrí) camina a mi lado como una colegiala despreocupada e ingenua. Se confunde con la nada, con lo normal, con lo imperceptible. El ser humano es un sarcófago cerrado donde imaginamos siempre un cadáver. Lo antes dicho dista mucho de la realidad. Nadie es capaz de imaginar la grandeza detrás de aquella aparente ingenuidad, la capacidad de razonamiento y profundidad de pensamiento oculta en el andar despreocupado de la colegiala, la conformación de un todo confundido en la nada. Dialogamos algo sobre los que abandonan el país, la nación, la patria. No nos gusta, pero nos duele y no podemos hacer nada, solo resistir. Tiene el cabello largo, más allá de la cintura y ahora se lo alisa con las manos mientras me da a sostener una especie de aguja de madera con la cual, de una forma inexplicable e inefable para mí, luego se lo ata como esos chinos que se aparecen en los filmes.

Yo siento en la mano no la aguja de madera, sino la espada Escálibur o la honda de David. Gloria de Dios, Él conoce los corazones por este instante. Me percato de que ella camina por mi izquierda, cerca del contén donde circulan los vehículos. Trato de cruzarla a la derecha, donde están los muros y las cercas protectoras de las fachadas, buscando alejarla de un posible peligro. Si le sucediera algo cerca de mí, nunca me lo perdonaría y no tendría fuerzas para enfrentarme a mi gran amigo y su esposo, además de su hijo y luego – lo peor de todo – el juicio ante Dios. Pasadas las doce horas llegamos a casa de Elizardo Sánchez Santa Cruz, donde nos esperan Guillermo Fariñas (el coco), Laritza Diversén, la esposa de Elizardo y un activista que acompaña a Coco, con vistas a transcribir a la memoria un documento de los que la dictadura castrista oculta al pueblo, pero la computadora se había descompuesto y no había otra. Entonces pienso en esas cantidades de dinero y recursos que supuestamente la dictadura especula que se nos entrega y pretende demostrar ante el mundo la injerencia de Estados Unidos, como ahora lo hace mediante el juicio arbitrario al ciudadano norteamericano Allan Gross, que es más una obra teatral política para intentar justificar las violaciones a los derechos del pueblo que un acto donde se haga uso de la justicia.

La gacela, con la misma ingenuidad de la colegiala, y en pueril gesto, pide un destornillador y que le volteen la computadora. Pasados unos minutos, el usado equipo vuelve a funcionar. No es mucho conocimiento se atreve a decir, sino atrevimiento. Me asombro, no comprendo y creo que la historia pierde muchos acontecimientos, que no porque sean sencillos dejan de ser trascendentales y cultivan su misma esencia. Miro a mi alrededor y me siento tan pequeño dentro de tanta grandeza que casi me abochorno. Salimos a la calle nuevamente cuando casi oscurece. Se ha hecho tarde y ella ha sacrificado su tiempo con el problema de la computadora. Tomamos un almendrón (taxi cubano)y dudo en seguir, porque sentiré el bochorno de no poder pagarlo cuando viajemos. Pero no confío aún hasta no dejarla en su casa o entregarla a su esposo. Sufriré la vergüenza.

Día Martes 8 de marzo. Esa colegiala ingenua, esa muchacha sencilla que cruza por la calle confundiéndose con la nada, con aspecto insignificante y silueta imperceptible, que pide un destornillador para hacer funcionar una computadora descompuesta y después sonríe como si hubiese cometido una travesura de infante, esa madre mujer esposa y amiga, que para suerte de Cuba es cubana y no extranjera, cubana de las de adentro y abajo, nacida en un barrio pobre, humilde, inculto, agujereado por las miserias revolucionarias, indiferenciada en el ejercicio de los tratos y el comportamiento humano y para los humanos, como esencia de su vida, fue hoy galardonada por el Departamento de Estado de los Estados Unidos como una de las mujeres más valientes, corajudas y justas del mundo, pero como en otras ocasiones, el gobierno de la dictadura encabezada por Fidel y Raúl Castro Ruz le ha negado la salida con derecho al regreso, le ha impedido el ejercicio de sus derechos por condición humana. Es el doceavo premio internacional que recibe también por condición humana y grandeza filantrópica. Ella ha respondido a este atropello, los mil dólares de obsequio recibido, no por el premio, sino por parte de las instituciones periodísticas, a una cubana, con el altruista gesto de donar el dinero recibido a una institución caritativa cubana, para niños afectados por el cáncer. No diferencia, no discrimina, el desprecio ejercido sobre ella lo convierte en bondad y amor sobre otros, ha puesto la otra mejilla.

Esta mujer hoy, precisamente el día de la mujer, es una de las más discriminadas, es excluida, convertida en un paria sin derecho, no ha hecho más que ejercer su bondad, ser fiel a su pueblo, expresar las verdades, ser madre, esposa, amiga y mujer. La dictadura de Fidel y Raúl Castro no tiene el valor ni de dar a conocer las valientes mujeres que posee Cuba. El gran reflexionador, para mí defecador, porque eso es lo que hace, defecar su pestilente demagogia sobre el esclavo y envilecido pueblo, ha defecado sobre los sucesos de Egipto, de Libia y el Medio Oriente, ocultándole a su pueblo la grandeza de Yoani Sánchez, violando todos los derechos. Solo preguntaré: ¿hasta cuándo los organismos internacionales y los propios Estados Unidos van a permitir esta burla?

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