El indio y la pionerita

Ya el sol ha declinado y el rojo abraza la ciudad en retroceso a un curso torcido de existencia. Hace apenas unos minutos abandoné la casa de Reinaldo Escobar y Yoani Sánchez. A ambos les he adoptado apodos acorde con mis emociones y expresiones: el indio del curare en la palabra y a ella la gacela con ojos de colibrí. Son apreciaciones de las pasiones por la verdad y la justicia volcada al aprecio sin límites por quienes las practican. Hace unas horas a invitación del ex-presidente de los Estados Unidos Jimmi Carter sostuvieron una reunión donde, para mí, se estaba definiendo el fin de la dictadura y el comienzo de la reconstrucción de la nación cubana basada en la dignidad, el honor, la honra y el decoro. Son asombrosas la sencillez y la humildad sostenida en el diálogo sobre el tema, con la pureza ingenua de una niña cultiva la grandeza despreocupada sin rencores ni odios. Me presenta la foto del regalo al ex-presidente, una sencilla cajita artesana para guardar tabacos donde colocó parejas de barritas y cucuruchos de maní y me entrega también una de sus grandes y profundas historias, relatadas apenas en tres cuartos de una cuartilla. La pionerita y el presidente, lo del maní, me impacta por lo sencillo. Pero no entiendo, ¿por qué maní? La historia me hace caer en el desierto, pedirle de favor a Saint Exupéry, el cuerpo del principito dormido, sostenerlo en mis brazos y caminar sin descanso hacia ese desconocido planeta de la rosa y los sueños. El indio se sienta frente a mí y hace uso del curare, me convierte el maní en el alma de un pueblo, en un escudo de libertad, en el reflejo de la desobediencia civil sometiendo los miedos a la razón de existencia, en el baluarte de los desposeídos. Me imagino los cucuruchos de papel atravesando las corazas de los tanques de guerra y las barritas protegiendo de las bombas que caen desde el cielo y, a la vez, saciando el hambre de los desesperados mientras la tiranía tiembla, impotente ante tan horribles armas. Las grandes verdades parecen estar encerradas en cosas pequeñas. Ahora atravieso la martirizada ciudad en un ómnibus repleto que culebrea, transformando la grandeza en tedio, me oprimen contra un agente del MININT y no hago resistencia, mi carpeta es aprisionada contra su flanco, casi le respiro encima mientras observo su fuerte constitución física debajo del uniforme verde olivo que luce grados de capitán. Los bien formados bíceps y tríceps parecen representar una fuerza capaz de triturarme en un enfrentamiento que, de hecho lo estoy disputando, en una guerra silente. Si él supiera, me digo, que acabo de salir de la casa del terror para el presidente del estado, que llevo en la carpeta documentos cuyo contenido destaca una oposición de exterminio del régimen que él defiende y que en mi cerebro circulan rebeldes ideas de oposición pacífica a cualquier riesgo. Si me mirara a los ojos, al ver mi sonrisa ¿qué pensaría? Así es el hombre, un sarcófago cerrado, presentimos un cadáver dentro, el último vestigio de existencia asociado a la realidad como lógica, pero no se sabe, el contenido puede ser otro. La pionerita de la historia de Yoani, desde el otro lado de la ciudad me hace señas, aún está allí, con el puño alzado y el improperio en los labios, con la única razón del adoctrinamiento político y la obligación de obedecer. Yoani creció y no se dejó cambiar el amor por el odio, la bondad por el rencor, la sabiduría por la necedad, la libertad por grilletes de demagogia y fraude. La psicopatología del presidente Fidel y sus esbirros no prendió en ella. ¿Cuántas Yoanis habrán podido saltar esta barrera misantrópica de tortura infantil quedando ilesas a las secuelas de la terrible epidemia del dominio del hombre sobre el hombre y las excentricidades del poder desmedido?

La tarde ya es una herida abierta en el alma de la ciudad por donde se desangra la esperanza en pesadillas sin tiempo. Cientos de pioneritas y pioneritos irán a la cama pidiendo a Morfeo una golosina, han alzado la mano crispada y blasfemado contra otro ser humano que quizá no sea presidente ni extranjero, un simple humano cubano, humilde y honrado, que pide libertad y un “por favor escuchen mi lamento”, no más latrocinio de la infancia. Pero tengo un mal presentimiento, cuando llegue la mañana, muchos volverán a lo mismo. Pocos se atreverán a escribir historias que, como las parábolas de Cristo, dicen mucho en tan poco.

Pronto se hará el congreso del partido,por los que un día fueron pioneritos, pero no serán engañados son ya mayores,ahora engañaran

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