La fruta podrida de la revolución

Son las 3 con 40 del miércoles 24 de enero del  año 2012, un sol quemante martiriza la tarde que se va escurriendo por entre los laberintos  de esta ciudad maldita cargada de miserias y gente arratizadas en los cloacales de la historia. Me parece que ya esto lo he escrito tantas veces como para estropearme la mente con la misericordia de un verdugo, sin embargo lo vuelvo ha garabatear, porque persiste como este sol que me quema la piel, transitando esta  calle semidecierta y desalojada, no tanto por la hora, como por la condenación a que esta sometida, unos viejos salteados en las sombras que proyecta el infierno (perdón quise decir arboles y casas) se martirizan en alargar un día mas a sus miserables existencias, en algún lugar de la acera,  que se me antoja un urinario, un mulato gigante sentado en un cajón bebe una cerveza con la vanidad de un imbécil, no nací para ser humano, me digo, y vivir como un animal, siento la  necesidad de pensar que me  ato con una cuerda y me arrastro por  este camino al infierno, hasta dejar la piel pegada en las piedras y tragarme el polvo con los desperdicios del alcantarillado y luego revolcarme como un demonio hasta asfixiarme entre el azufre de los cadáveres, pero nadie  puede arrastrarse así mismo, y como no acepto que otro me arrastre, me resigno o me resingo a lanzar la impotencias en imaginarios escupitajos al rostro de los que me miran y yo miro. Desde muchos lugares presiento que las ratas atisban por grietas y orificios carcomidos por el hollín de las excretas de cucarachas. En algún momento pienso que no se quieren mezclar en política, pero al instante lo desecho, porque de política están metidos hasta las narices, despiertan con política, desayunan con política, meriendan con política, almuerzan con política, comen con política, se acuestan con política, se tiemplan con política y hacen todas sus cochinadas con política, vuelvo ha tener el deseo de hacer algo contra mi, arrancarme a pedazos todas las viseras, destrozarme y lanzar las piltrafas de mi cuerpo contra las casas, enlutar las paredes con las inmundicias, pegar rastros de sangre en las fachadas de la ciudad como los filigranas del sexto, vomitar el excremento hasta que las tripas también salgan y otras bocas sedientas y hambrientas las mastiquen con avidez de buitres, ya entonces  pudiera pensar que estoy enloqueciendo, pero desecho la idea convencido de no ser un zombi al tener la virtud de forjar ideales de mis propias ideas con limites indefinidos. Cargando este indomable soliloquio me voy acercando a la esquina donde esta el mercadito de las sobras del poder, que el pueblo mendiga, allí,  si se acumulan gente y autos, pero presiento con seguridad que estos no están para adquirir las sobras en este mercado, aunque lo harán en otro, ellos también viven de sobras y aseguraría que con mas denigración, antes de llegar recibo una llamada de Andy preguntándome por el teléfono de lili, después de cumplir su petición, le agrego mis intenciones de visitar a Sara Marta, pero parece que la zona esta colmada de esbirros, quizás no pueda llegar le digo y, nos despedimos y sigo hacia un lugar que solo Dios puede determinar, en la esquina un microbús blanco estacionado violando  las leyes del transito alberga en su interior varias personas, observo con insistencia una mujer de unos 50 años vistiendo un vestido blanco, tratando de deducir si era  secretaria o funcionaria, quizás podría preguntarle, y también averiguar cuanto recibía por ejercer de esbirro y mercenaria, por que de la profesión ejercida en este momento si estoy seguro, pero la pregunta seria inútil, estos mediocres con carneces rojos en los bolsillos, la culta “revolución” no los ha  preparados, ni capacitados para dialogar y actuar como humanos civilizados o con la suficiente racionalidad individual correspondiente a tal virtud de amor, como gregarios se me echarían encima a gritos, ofensas y vulgaridades, lo cual en realidad no temo pero no cumple objetivo, yo sigo a Cristo pero no soy Cristo, rebaso el microbús y voy descubriendo en los portales mas esbirros en animadas conversaciones disfrutando con todo placer del aquelarre, dos autos policiacos y las motos zusuki, últimos sellos permanentes de la Gestapo castrista en los actos terroristas, parecen sentenciar el éxtasis máximo de la orgía, logro llegar hasta la esquina cuando varios jóvenes me interrumpen el paso, no tienen que identificarse, los conozco por la facha de idiotas y el olor a excreta, pero uno  me enseña el pedazo del abominable  cartón con las siglas DSE que por el uso dado ahora denigra la valentía del antiguo G-2, una mitad que le falta aquel esbirro para ser hombre la deposita  en aquel cuadradito de cinismo, no le presto atención y por un instante   me invade el deseo de descargar todo el asco que me asciende desde el estomago  hasta la boca en un escupitajo que tiña las letras, lanzo una sobria mirada hacia la casa de Sara Marta, la cuadra esta desierta parece como si hasta de los perros  hubiesen huido asustados por las brujas de la “revolución”, un pedazo de ciudad contaminado con radiactividad. No puede pasar, alguno ladro como un bufón de corte dirigiéndose a mi por supuesto, ¿Por qué? Le digo por burla, quizás alguna neurona  se le halla quedado en la bóveda craneana,  después de la extirpación de la masa encefálica echa por el castrismo o la cojonostomia en conceptos mas latinos, y se decida a explicarme lo de la calle cerrada, pero solo son capaces de repetir como ecos, que de hecho lo son, es  un operativo, la palabra operativo quiere decir tu eres ahora una basura y yo te embarro de miarda si quiero.
Dentro de la mente del hombre permanece siempre una parte oscura y despiadada, que solo se descubre en momentos de soberbia lejos de la razón, ahora con el eco de las  palabras del esbirro aflora al pensamiento esa parte oscura, y me imagino con un chaleco explosivo abriéndolo y dispuesto a estallarlo junto a mi cuerpo, quisiera suponerme cuantos se atreverían hacer uso de la valentía y no echar a correr como lo que son, unos miserables  cobardes, porque los que se dedican a reprender, golpear, encarcelar y asesinar gente desarmada he indefensa no tienen otra palabra adecuada para catalogarlos, les es fácil no dejar pasar, cerrar las cuadras y los barrios, esposar, no porque tengan la razón, sino porque tienen toda la fuerza del poder, los medios y las armas para utilizarlas como dictadura que representan, me devuelve el carnet, el que completa la hombría que le falta con el cartoncito de las siglas, no sin antes mencionar el nombre con cierta ironía, que se me antoja una forma de infundir temor, si me mirara a los ojos sabría donde me infundiría temor, por lo menos hoy gracias a Dios, a la altura de la cintura donde me sobra lo que a ellos le falta, recojo el carnet y doy la espalda mirándolos a todos con el rostro erguido y retirándome lentamente. Atrás en la cuadra sellada, quedan, dentro de la casa de Sara Marta  los únicos valientes capaces de dignificar la patria. (continuara)

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