Volveremos hacer renacer el amor de las cenizas del odio

Un cielo estrellado marca una pauta en la adolescente noche, es 24 de diciembre del año dos mil once, noche de reconciliación y paz, una neblina de recuerdos es arrastrada hacia el presente con un soplo de añoranzas y viajo hacia la inmensidad de un adiós perdido en el silencio, entre cantos de navidad que rasgan el alma como piedra, y abrazos dejados al olvido, volver al pasado puede ser una retención al futuro, pero quien no siente por el pasado, hace del futuro una quimera de desesperanzas, para dejarlo pasar, apenas rozándolo sin atraparlo, convirtiéndolo en pasado sin sentido.

Habitábamos una sitie ría de pobres, eran unos 15 bohíos, con cuatro casas de mampostería hechas por la revolución a quienes la habían perdido por causa de la revolución, emergían a un lado del ferrocarril, dispersas en medio de la sabana, como anacrónico relieve asustando el espacio natural del monte, era diciembre y casi todos, a no ser los abastecedores de leche habían recesado los trabajos, preparándose para las fiestas navideñas, los primeros días se visitaba el pueblo cercano en busca de las provisiones para la cena del 24, las alforjas de saco, colgadas en el anca del caballo de mi abuelo, venían repletitas de vinos, dulces y frutas importadas, era el primer despertar de alegría festiva, después llegaba la semana santa, días de reposo buscando la paz de Dios, hasta llegar al viernes santo, sábado de gloria y domingo de resurrección, días en que casi todos los caminos conducían al pueblo para participar en las liturgias y las procesiones, trasladando por las calles, con respeto devoción y decencia, el pesebre con el niño Jesús o el cuerpo del Cristo crucificado en los brazos del pueblo, considerándose así bendecido y perdonado, de ahí partía una alegría sin par hasta terminar el 6 de enero con el día de reyes, esperado con ansiedad por los infantes, sin perder la ilusión porque la fantasía le obsequiara, una muñeca de trapo casera, o una importada, una pistola de palos o un juego de pistolero mejicano, un camioncito con ruedas o una yunta de bueyes con dos botellas atadas a un yugo de madera, cada juguete tenia el tierno precio del amor y la fantasía, además de su destino mas tarde en el juego, sin perder cada uno su utilidad, como la azada y el arado moderno, el machete o la cierra para talar el árbol, al igual que en las sociedades se necesita el medico y el labrador, el maestro y analfabeto. Terminada la semana santa la alegría circulaba sin discriminación por las carreteras y los caminos, las veredas y los trillos, penetraba en las casas y se acurrucaba en los corazones hasta las rendijas del alma, incluso los pájaros y el monte parecían embriagarse con aquel aroma festivo. La víspera del 24, entre bromas y tragos de vino sin llegar a la embriagues considerada una vergüenza para el guajiro, traían el cochino hasta donde estaba el matador especializado, obligado casi por razones de honor, a dar una certera puñalada buscando el corazón, pues si no lo lograba y el animal se levantaba de la tierra donde lo habían acostado, seria durante largo rato blanco de burlas y comentarios, los primeros gritos de los infortunados puercos sacrificados comenzaban tarde en la mañana o posterior al medio día, no en todas las casas, porque no todos criaban cochinos, además no era un festejo individual, los niños acostumbrados ya al ritual asistían rodeando el escenario y señalando discretamente y con picardía los órganos sexuales de la victima. Bajo la mirada inquisitiva de todos, el cadáver se bañaba restregándolo con ladrillos, imprecando al animal por no haberse aseado nunca, los unos y los otros reíamos con las bromas. Al terminar la tarde, antes que el sol enrojeciera la sabana y las bandadas de garzas dibujando triángulos incomprensibles atravesaran el azul invernal rumbo a sus dormitorios, colgado de algún lugar en el interior del bohío o ya colocado en una parrilla hecha de palos de marabú verde y atados con arique de yagua cedidos por las altas princesas, adorno y orgullo permanente de la pradera, descansaba el futuro asado. Para la comida de la tarde se había hecho algunos chicharrones o un cocinado con las viseras, acompañado de yucas u otras viandas, así terminaba la víspera del 24,y todos dormíamos ansiosos, antes que la noche se hiciera mujer.

Los últimos cantos de gallos antes de despuntar la mañana agarraban a la sitie ría despierta, ya era 24, y aunque el Cristo hubiese o no nacido o crucificado en esa fecha, dejaba para todos una mezcla concentrada de los sentimientos, las pasiones y el fraternalismo de toda la raza humana, una amnesia se posaba sobre todos, haciendo olvidar las concupiscencias y los afanes de la vida, las mujeres, después de dar el desayuno, buscaban el adobe de jugo de limón, y ajo y procedían a penetral las carnes del marrano a punta de cuchillo, mientras los hombre ya hacían un cuadrado en la tierra, con una orca encima para colgar la parrilla con el cochino que pronto aparecería, cuando el sol había secado el roció y la algarabía de los pájaros se sometían al soprano del sinsonte y el carpintero real, encima de brazas, ya yacía el rico lechón, sin dejar de ser movido por el asador, otro experto en esos menesteres que tampoco podía quedar mal, de 10 a 11 de la mañana cruzaba el tren y los niños salíamos corriendo acercándonos a la línea, para cantar con ingenuidad el repetido estribillo ¡ que buena es la noche buena! y alzábamos los brazos en señal de saludo al orgulloso maquinista, que contoneándose como un pavo se erguía mas y sonaba la corneta, mientras que con sonrisa de emperador, también movía las manos con el respeto y la decencia del hombre pobre pero digno, en los rectángulos de las ventanillas de los coches, arrastrados por la enorme mole negra, los pocos ocupantes hacían similares gestos, el cruce del tren ese día, mas que todos, era un gran acontecimiento.

Los juegos de domino en los que participaba mi abuelo español y las visitas inesperadas de recorridos se sucedían durante todo el día, familias que tardaban en verse durante el año, se recibían con agasajo de reyes, las horas pasaban mas veloces que de costumbre, antes de la hora tercera el blanco cuerpo se había dorado y estaba listo, era tiempo de trasladarlo a la mesa, en alguna ocasión alargada con otra para sentar a los visitantes. Antes que el sol besara la tierra, allá en el horizonte, se descubrían entonces las ricas golosinas importadas, la mesa se llenaba de turrones, racimos de uvas y manzanas, higos, dátiles, avellanas, nueces y vinos importados de España mayormente, por lo que mi abuelo se sentía muy orgulloso, explicando como se cosechaban o se fabricaban los vinos y los turrones Algunos recuerdos son triste pero no por que la tristeza sea su esencia, sino porque su contenido de alegría fue adsorbido sin compasión. Recoge la historia que hace siglos atrás el pueblo Ingles se vio privado de las navidades sin motivos lógicos, excepto, esa maldición que lleva el hombre dentro de querer sustituir a Dios para imponer su reinado. Nada de lo que consumíamos o íbamos a consumir durante estos días tenia agregado el horrible flagelo de lo indigno. Pro 16:8 Mejor es lo poco con justicia, que la muchedumbre de frutos con injusticia.

Así se iba acercando la noche mas tierna y larga del año, después que los resoplidos de la locomotora volvieran a cruzar el umbral de los sueños y la recargáramos de nuestra puerilidad repitiendo el estribillo ¡que buena es la noche buena! haciendo que el alegre maquinista lanzara un nuevo pitazo de alerta a la felicidad, y si como dicen algunos cálculos de la historia, Jesús no nació en estos días, estoy seguro que Satanás tampoco.

La noche imperceptiblemente se había tragado el día y cada vecino había visitado a su prójimo, escondiendo u olvidando el celo, la envidia, el rencor o el odio, las soberbias y las iras quedaban equilibradas en la razón del amor, el asado se comía antes de la media noche pero los turrones, las uvas, manzanas, los higos y dátiles, pasas, avellanas y nueces junto a los vinos se dejaban para cuando se escucharan los estampidos de los fuegos artificiales y la cúpula del pueblo se viera iluminada por una lluvia de estrellas, rojas, verdes, azules, amarillas que se tragaban por unos instantes las tinieblas y dejaban el cielo relampagueante, un hermoso espectáculo haciendo vibrar el corazón. Después de este rito, algunos se quedaban un rato mas contemplando la granizada de colores, pero por lo regular, todos pronto estábamos en los brazos de Morfeo, preparando el cuerpo para el ya 25, noche de baile en el pueblo.

Las tradiciones de los pueblos no son ideas insustanciales formadas de cuerpos amorfos y desnaturalizados, no son fanatismos atropelladlos por el miedo a la muerte o la caída al infierno, aunque en muchas ocasiones se asemejan, no son locuras fuera de la razón, son sentimientos, pasiones, deseos, añoranzas, respeto por la naturaleza y la vida, un reflejo inexplicable hacia algo invisible que todo mezclado y durante mucho tiempo forma una fuerza, un componente del alma que define una existencia de felicidad aunque sea ilusoria o aparentemente ilógica, arrancársela, por fuerza de poder, es como extirparle la alegría, o comprimir con el aplastamiento sus cuerpos, haciéndoles difícil tomar el oxigeno necesario, asi los convierten en cadáveres insepultos con el corazón agitado por el deseo de vivir.

La tarde del 25 ya se habían colocado rústicos asientos en las carretas, unas veces una y alguna vez fueron dos, todo dependía de la cantidad de fiesteros, se enganchaba al tractor, y todo estaba listos para cargar con la sitiería al baile del pueblo, solo quedaban como testigo de existencia en las casas los mas viejos, que despedías la comitiva con una sonrisa exterior mientras que quizás por dentro la nostalgia del pasado los mordía, antes que las sombras invadieran la sabana, partía el carrusel del furo con su gente endomingada, calzando el único par de zapatos aceptable, cuatro quilos en los bolsillos, el vacio de los libros de español y de calculo en las mentes y la ciencia puesta en el cielo, la tierra, la luz y la lluvia, no hacia falta mas para cargar tanta emoción, alegría y felicidad. Al comenzar el relato había escrito que la sitiería era pobre, pero creo haberme equivocado, ahora que los percibo en la luz de la transparencia, riendo con la naturaleza de la sabana, contentos con lo que eran y en paz con su dignidad, sin robar lo que vivían, ni traicionar sus creencias, descubro en cada uno fortunas de reyes y emperadores, tesoros gigantes cuyo valor era incalculable. Los recuerdos entristecen en los hombres sensibles, cuando aprecian el castramiento del valor a los pueblos y les perforan su simiente con el vil gusano del poder, que los corroe después hasta perforarles la condición humana, ultraje a toda razón a dicha condición. Los hombres insensibles a la humildad sepultan en sus concupiscencias esa gran virtud de comprenderlos, no los gobiernan, los esclavizan sin remedio.

Después de disfrutar del carnaval hasta la madrugada, regresaba el carrusel, debajo de miles de estrellas prendidas del firmamento como farolillos relampagueantes haciendo sus guiños de amor y añoranza, se aflojaban las bocas y se descubrían los desafueros del baile con la fraternidad de las familias. Esta invasión al pueblo se repetía el 31, donde se paseaban las carrozas con sus reinas de belleza, orgullosas y endiosadas, lanzando confites y cintas de colores sobre cientos de cabezas engalanadas con gorros y sombreros adornados con plumas de aves de todos matices, todo finalizaba el día de los reyes magos. Estas tradicionales fiestas duraron hasta unos años después que los barbudos o balbuces bajaron de la sierra con Fidel al frente y se adueñaron del poder, y del pueblo, y convirtieron la isla en su feudo. La noche de paz se volvió noche de sigilo y persecución, la cena símbolo de traición a la patria, las procesiones un acto de barbarie a la condición humana, el niño Jesús o el Cristo crucificado un verdugo enmascarado, el día de reyes un duelo de madres para llevar un juguete a los niños. Fidel Castro y sus comunistas endiosados en la fuerza del poder estrangulaban las tradiciones del pueblo, indolente al amor de la nación por ellas, las colocaban en un féretro y las sepultaba en la gloria de sus egolatrías, sin percatarse que parte del alma de la nación también se acomodaban en el ataúd. En el presente ha quedado un vacio del pasado, pero volveremos a hacer renacer el amor de las cenizas del odio.

 

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