Sin naves para quemar…

Cuando aquí se trasladaron a los cubanos para ir a la guerra de Angola,cuentan que algunos fueron trasladados en las bodega de los barcos. Recientemente encontré notas que escribí en aquella época, cuando siendo Guardia Marina veia desde el Castillo de la Academia como eran tragados por las bodegas de los barcos

A cada romper de ola contra el barco un estremecimiento vibratorio se generalizaba. La proa se alzaba, para luego caer con un ruido seco. El agua salpicaba el aire y barría la cubierta, tropezando en los mamparos de las bodegas, las bases de los cabrestantes y otros diversos obstáculos. Pequeñas corrientes de agua circulaban por dentro de este laberinto borroso, cambiando de dirección al compás del vaivén del barco. Pero siempre, como si en lugar de ser guiadas por fuerzas físicas tuviesen la capacidad de pensar, corrían presurosas a unirse de nuevo con el oscuro mar. El cielo oscurecido por veloces y ennegrecidas nubes, permanecía casi amenazante pero inerte, asombrado, quizá ante el desafío prepotente de la nave y su capitán. Dentro del barco los marinos apacibles, serenos, apenas sentían la incomodidad del tiempo descompuesto.

Pero en la semipenumbra de las bodegas las alargadas sombras de rostros pálidos y desencajados hacían un esfuerzo por aparentar ecuanimidad y control, presas del mareo. El mayor de ellos se alentaba vanidosamente, con una puerilidad ingenua y superflua, quizás semejante a aquella idea que los condujo a la bodega y luego los conduciría también a situaciones aún más terribles, difíciles y peligrosas, donde la vida sujeta a la demagogia presidencial era mezclada con apreciaciones de doctrinas confundidas, y podía ser absorbida por la muerte.

El barco atravesaba la noche como un fantasma, allá abajo, en el cuarto de máquinas los potentes motores no dejaban de vibrar. El maquinista, acostumbrado ya a su labor y a los rigores de la profesión, sudoroso observaba a cada cierto intervalo de tiempo los indicadores de parámetros esenciales de la poderosa máquina. Algunas veces aburrido se sentaba encima de la carcasa de un motor eléctrico y casi al instante sin poder evitarlo el pensamiento volaba a cientos de kilómetros donde en ese mismo instante el viento otoñal haría caer las rojas y hermosas hojas del júcaro, o las resecas del aguacate, después se descubrirían las flores, y con el susurro de revoloteos de abejas, el mango y el naranjo dejarían asomar sus frutos próximo al verano. –“Quizás en el verano, cuando los frutos maduren estaré allá, oiré las voces de quienes a golpe de sonrisa y llanto me vieron crecer”. La nostalgia de los lugares amados, de los viejos arboles ausentes donde jugó al agarrado, le hicieron pensar en los de la bodega, y en que ellos saben muy poco dónde van, ni por qué lo hacen, ¿cuántos tendrán oportunidad de regresar, y soñar con añoranza suprema? A la muerte inútil se le intenta poner banda sonora, la canción de Pablo Milanés, pero la realidad de la muerte sin sentido es otra.

Cruzó los brazos sobre el amplio pecho, el dorso descubierto y poderoso se contrajo, minimizando el gesto, afuera el mar seguía golpeando, arremetiendo contra el fantasma de acero.

Arriba en el puente el timonel sentado detrás de la rueda dejaba corregir el rumbo al piloto automático. El primer oficial, cerca del radar, miraba al frente donde estaba la luz de situación, y cada cierto intervalo de tiempo colocaba su rostro de marino curtido ya, sobre la pantalla descubriendo un horizonte limpio. Las palabras entre los marinos cuando el mar se embravece se vuelven escasas. Las guardias de navegación se hacen tediosas, aburridas, desabridas. El primer piloto y el timonel se ven obligados a permanecer atentos a los cambios de movimiento y fuerza de la marejada. Sobre ellos y el maquinista recae la responsabilidad incondicional de asegurar la supervivencia de todo el personal y las mercancías que se transportan.

Cada travesía es como una novia sin llegar al matrimonio, con un comienzo emocionante, abriendo poco del próximo instante. ¿Cuál será el próximo instante de los de la bodega? ¿Dónde están sus madres? ¿Dónde están sus casas? ¿Sus hijos?”

Escrito en un libro de poesía de Paul Eluard que seguramente iba leyendo en aquella travesía, también encontré marcado:

Toda la vida ha caído dentro de mis arrugas

Como un ágata para modelar

La más bella de las máscaras fúnebres.”

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Una respuesta a Sin naves para quemar…

  1. lilijeronimo dijo:

    Es admirable que cuando muchos cayeron de rodillas, hechizados por ese mundo artificial que existia en Cuba de los 80, yo lo recuerdo siendo una nina, tu mi amor hayas sabido decir no, hayas dejado todo por la libertad. Te amo. lilijeronimo

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