Amanecer

 

Los techos de la ciudad. Miseria y lujuria.

Mis manos crispadas sobre el amanecer

Los arboles están quietos.

Una mujer de rojo toca a una puerta, se ve bella, le abren y penetra, se pierde en el silencio.

Los techos de la ciudad, nostalgia, pensamiento, ruidos que no entiendo. Un gorrión se empeña en gastar su canto, puede estar enloqueciendo, como cualquiera, como el mundo, como mi deseo de libertad.

Sobre los techos demagogia engomada, para que no se filtren las gotas de lluvia. Es extraño, mis techos siempre tienen goteras.

El gorrión no se calma, quiere gastar su canto.

Los ruidos de la ciudad tampoco; quieren gastar mi oído y dejarme sin lengua. Más tarde escribiré a la libertad.

Despacio, despacio, no quiero morir de una sola muerte.

Puedo cerrar el puño, exprimir el pasado.

La mujer de rojo quedó dentro, debajo del techo engomado.

La gente vive enjaulada, la libertad de un solo hombre es la mía.

El Sol va a herir los fantasmas de los techos, marca con rayas amarillas las fachadas de los calabozos. No me crean, estoy delirando, tengo una terrible fiebre de libertad.

Qué fuerza la del gorrión, no se gasta su canto, ni los ruidos agonizan.

Me toco con la virtud las garras del tiempo.

Una nube de credos flota en el viento

Los misterios se martirizan sobre los techos.

Me arrastro, soy un ser de otro mundo. No cedo, quiero ser libre.

Una mujer que me ama me trae café con sabor desconocido, detiene sus ojos sobre mis versos de nada, no se avergüenza y sonríe: ahora moriré de tres muertes, me arrancaré los oídos.

No tengo necesidad de mentir.

Una maleta me mira desde una esquina del cuarto. No sé cómo fue a parar allí, espera un viaje invisible, del otro lado del mar encuentran libertad. Las rodillas sangran, los hombres se han cansado de ser hombres, detrás de las puertas nacen verdades.

Un gato camina por un pasillo. En la esquina un hombre de guayabera hace un discurso telefónico, termina y espera a la puerta de un auto negro; es importante, tiene cartucheras de plumas en los bolsillos de la guayabera. Muy cerca un perro negro se rasca las pulgas, el hombre se aburre, entra al auto y espera, la maleta no se ha movido, el perro dejó las pulgas tiradas y se va.

La mujer de rojo quizás este desnuda. Muchos gatos se han subido al tanque de la basura, el hombre del auto negro se ha ido.

La mujer que me ama vuelve a mirar los símbolos, no hace ruido, tengo sueño, me duermo sobre los techos.

Que gorrión más insistente, no gasta su canto, mi libertad tampoco, qué suerte, no tengo esposas en las manos, soy de viento, moriré de muchas muertes.

Son extraños los hombres que piensan. Espere mil años para decir mis palabras.

Me vuelvo, escribo de espaldas a la luz otro grito y no puedo retener la espera, la maleta aguarda, esta vez huyó de los que huyen, pero está asustada, dentro despiertan silencios.

La camisa negra colgada en la percha se mueve. La mujer que me ama vuelve, pienso encerrar los ruidos de la ciudad en la maleta y no arrancarme los oídos.

 

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