La mentira de Fidel Castro, y el fraude de la justicia social

Hace algunos días un amigo me llevo a un centro cárnico en esta hambrienta y maldita ciudad que se muere de inapetencia por la justicia, confieso que a pesar de tener conocimiento de la existencia de estos humillantes centros sentí que la impotencia me alteraba el ritmo cardiaco, ira y dolor, vergüenza y desprecio, asco y lastima se mezclaron revolviendo mi estómago y desee vomitar sobre todo lo que lo que simplemente oliera a revolución, comunismo, socialismo o castrismo. Un moderno y bello  letrero luminico frente a los productos anunciaba la cadena de tiendas Habaguanex, Fornos, Bravo.  Dentro de los pulcros frízeres estaba la carne de res prohibida para el hombre honesto y honrado, también habían jamones, chorizos, quesos y el rico bacalao que mis abuelos sumidos en la pobreza me servían adornado de yuca aun unos años después del 59. Del otro lado a complacencia del cliente la decencia primaba en dos jóvenes con las manos enguantadas a semejanza de los cirujanos. Allí en aquel aparte de la ciudad existía con plena impunidad los productos cárnicos y lácteos que fueron alejándose cada día mas hasta desaparecer del alcance del humilde por los cuales y para los cuales había sido hecha la revolución según palabras de ese considerado máximo líder que hoy reflexiona sobre todo menos sobre la calamidad y la miseria material y espiritual lograda a través de su poder para el pueblo de Cuba. Solo el 5% del dinero que circula por estas tiendas recaudadoras de divisas no humilla la condición humana cubana y cristiana, remesas o internacionalismo, cuentapropismo o estímulos estatales( 10 o 15 cuc que le dan a los militares u obreros que nunca se enfermen, asistan a todos las actividades políticas y no se nieguen a participar en los actos de repudio o cualquier tarea del partido y el gobierno) el dinero obtenido dignamente solo alcanza para adquirir el apestoso picadillo, las puercas pastas hechas de desperdicio e inmundicias, o el pollo por pescado que le entrega el estado al pueblo una vez por semana o por mes expedido en mugrientas pescaderías o carnicerías colmadas de moscas y cucarachas además de algunas furtivas ratas con cuatro y dos patas. Del otro lado de los frízeres casi siempre rotos, el carnicero con su traje de bandolero mendigo y sus manos enguantadas en virus y bacterias, con la decencia de los miserables hace el trabajo del delincuente y el verdugo Esto es parte de la gran obra de la revolución y sus revolucionarios.

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