Uniformes contra la legalidad parte v

V

Detrás del muro donde nos sentamos hay un cúmulo de basura. Alguien extrae los papeles y hace figuras de pistolas y metralletas: “Asaltaremos la estación y liberaremos a nuestros hermanos”. Las risas son absorbidas por los ruidos de la ciudad.

Los uniformados no han cumplido su palabra y nos desplazamos nuevamente al frente. Ya para entonces conformamos unos 20. El número de efectivos policiales también ha crecido. El último desplazamiento no le agrada al oficial de verde olivo con la estrella blanca en la solapa, violador de la legalidad, y se dirige hacia nosotros. Cruza la calle con parsimonia, confiado que detrás de él hay un ejército que a su orden nos descuartizaría en segundos. “Soy el jefe máximo del municipio”: dice, haciendo tantas muecas como si masticara una de esas bolas de chicle que dan risa.

La decencia impera de ambas partes: el grupo la practica por amor a la justicia y respeto a la condición humana; el uniformado por lujuria y cinismo, sometido incondicionalmente a la egolatría de los dueños del país, porque no creo que por moral y dignidad estuviese allí atacando el derecho a vivir en libertad y paz que nos corresponde a todos por igual. Vuelve a alegar que no podemos estar allí. Insinúa un desalojo mediante sus fuerzas policiales. El Indio lo escucha con atención, Yoani se mueve inquieta dejándole hablar. Ha terminado y no ha aclarado nada sobre quienes violan la ley y el comportamiento ilegal de la Gran Policía Revolucionaria, recae su discurso en que tenemos que irnos del lugar o nos desalojaran, cuál sería la razón: el poder manda, la dictadura ordena. El Indio no se queda callado: “la razón por la que estamos aquí -le dice al oficial de la estrella blanca en la solapa- es porque hay dos personas detenidas violentamente sin haber cometido delito alguno, fueron sacadas de un cortejo fúnebre, ignoramos si están golpeados o lesionados, sedientos o hambrientos, ni tan siquiera si están vivos”.

  • Todas las noches habían fusilamientos, los gritos de los patriotas de Viva Cristo Rey y Abajo el Comunismo estremecían los fosos centenarios de aquella fortaleza.

El oficial ocultando la soberbia que le invade ante la impotencia de la razón, le contesta asegurándole que están bien y que a nadie se le golpea. El cinismo sobrepasa los límites de lo pérfido y Yoani da un paso hasta situarse delante del oficial de la estrella blanca en la solapa, se yergue y clava los ojos en el esbirro que le sostiene la mirada. Ya el Sol se ha escondido y el crepúsculo acaricia la tarde. “¿Ustedes no golpean, ni maltratan? ¿Los golpes y los maltratos de que fui objeto dentro de uno de esos calabozos donde están esos hombres, ahora no cuentan?” Las palabras le brotan como saetas encendidas hiriendo el aire y se clavan en el rostro del Mayor que ahora no le sostiene la mirada. La pequeña muchacha no respira, los recuerdos del abuso sobre su cuerpo y su alma siguen brotando con la transparencia y la fuerza del agua que brota de un manantial en la cumbre de una montaña y luego se convierte en rio.

La demanda en busca de justicia hecha después tampoco cuenta.

Al comenzar el juicio, el presidente del tribunal, Mario Tagle, subió las piernas encima de la mesa, cruzó las botas, se echó hacia atrás en el sillón reclinable y abrió una revista de muñequitos. A ratos se dirigía a los que estaban a su lado, les señalaba algún pasaje de la historia que había despertado su hilaridad y entonces reían juntos. Es verdad, el prestar interés, aunque hubiese sido cortés, no era necesario, y ellos lo sabían. Las sentencias ya venían redactadas de la sede de la policía política. Contra Toda Esperanza. Armando Valladares. 22 años de barrotes.

El oficial, no sé por qué razón queda sin respuesta. Quizás sea que aún algunos restos de dignidad y vergüenza deambulan por su conciencia, y eso le obliga a articular unas palabras de justificación o excusa para vestir su uniforme verde olivo con la estrella blanca en la solapa. ¿Cuando fue eso, hace dos meses? No, en 2010. Hace un leve gesto que aparenta no haber estado presente y por ello quedara exonerado de culpas. Como si una estrella blanca en la solapa de un uniforme verde olivo se obtuviese en un plazo de dos meses. El joven que había sido golpeado en la mañana se levanta el pulóver y le enseña la herida abierta debajo de la tetilla donde de una patada le habían arrancado los tres puntos con que le habían cosido en el hospital, los bordes de la pequeña incisión carmesí asomaba la carne al descubierto, después se ladea y señala su oreja también maltratada. “Estas son las huellas de la Gran Policía Revolucionaria que está bajo su mando ¿qué he hecho para tal zurra?: lo mismo que estoy haciendo ahora, reclamando justicia y libertad”

Se volvió hacia el presidente del Tribunal y le dijo que yo era un enemigo de la Revolución y que había cometido los delitos de estragos y sabotaje y recitó un número de artículos que supuestamente se referían a las sanciones que yo merecía.

Ni entonces ni después, porque durante 20 años lo seguí preguntando, ninguna autoridad pudo decirme donde cometí un delito de estragos. Contra Toda Esperanza: Armando Valladares 22 años de encierro.

(continua)

 

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