Uniformes contra la legalidad XI

Son cerca o pasadas las 9 de la mañana de un hermoso día de verano, un sol ardiente ilumina un límpido cielo azul acompañado de una brisa suave y fresca, la promesa por nuestra parte de regresar al otro día se está cumpliendo. El lugar donde nos situamos la tarde noche anterior en contra de la voluntad de los uniformados de estrellas blancas en las solapas lo ocupan 7 patrullas un auto de civil y una concentración de policías, no han dejado espacio para nosotros. Hacia allá avanzan resueltos Yoani y el indio, una última advertencia para que dieran un rodeo fue inútil, las razones del valor por la justicia no reconoce fronteras. Encontré en una esquina unas cuadras antes de la 4ta al joven diabético y de la hernia discal, por él supe que Pardo y otros de la noche anterior ya habían llegado, atravesamos por el sitio contrario donde estaban los autos como si fuéramos a penetrar en el edificio, los uniformados de azul que estaban custodiando la acera nos dejaron pasar al otro lado donde descubrí caras nuevas y deduje que muchos de los que no habían asistido la tarde anterior por el cansancio del velorio y el posterior sepelio hoy estarían presente en caso de no liberar a Rodiles, a pesar de que los efectivos represivos estaban preparados la situación se les podría poner difícil al tener que realizar un numero considerables de detenciones eso con la posibilidad de que una parte de la población cansada de toda esta farsa de socialismo podría sumarse y generar un gran conflicto, eso sin contar con el riesgo de que la prensa internacional avisada se presentara de improviso, pero nada ocurrió, al rato le comunicaban a los padres de Rodiles y a los demás la liberación de Rodiles hijo, pero no se lo entregarían allí , sino lo conducían en un auto patrulla hasta su casa, por lo cual ya no existían motivos para estar allí. Sin embargo por temor al engaño sufrido en otras ocasiones y con otras personas decidimos esperar para mediante una llamada comprobar la veracidad de lo dicho. Comprobada la liberación y cumplida la palabra por su parte nosotros también cumplimos la nuestra y nos retiramos, no sin que antes alguien dijera: si esto lo hacemos en cada ocasión que detengan a un pacifista sin motivos, la impunidad será cuestionada.

Cuando el militar que fue a buscarnos me alargó una muda de ropa y me dijo que iba para la circular, experimente una de la más gran alegría de mi vida, salir de allí era como salir del mismísimo infierno. Armando Valladares Contra toda Esperanza.

Al intentar marcharme por donde mismo había llegado los uniformados de la acera no me dejaron pasar por frente al edificio carcelario, la ira quiso prenderse pero al instante cuando mire a los dos jóvenes, una compasión sin límites me invadió el alma y recordé aquel joven vestido con el uniforme de campaña y una AKM terciada en el tórax que una noche me encontré en el puerto de Luanda y con los ojos llenos de lagrimas me dijo: yo no sé qué hago aquí. Entonces le pregunte compadecido ¿fumas? Y le regale algunas cajetillas de cigarro. En aquel tiempo me consideraba un combatiente más, me habían equivocado en las razones de la justicia, no era un seguidor de Cristo, y no podía haber dicho, perdónalos señor no saben lo que hacen, hoy, ante estos que me prohíben mi derecho de circular libremente por mi país si puedo decir clamando a Dios: perdónalos señor no saben lo que hacen. Doy un rodeo para llegar al sitio donde iba y observo que por la parte de atrás de la estación policial también habían colocado una patrulla como si esperasen un ataque al estilo del Moncada.

De pronto, un preso de cabellos blancos, mientras descargaban sobre su espalda andanadas de plan de machete, levanto los brazos al cielo y gritó mirando a lo alto:¡Perdónalos señor, que no saben lo que hacen!.

Sólo faltaban cinco o seis celdas por abrir. Los presos, golpeados, trastabillaban. La lluvia de golpes sobre ellos, con palos, bayonetas, cadenas, no cesaban un instante; pero, de pronto, como para protegerlos, entre ellos y los agresores se interpuso un hombre esquelético, con el pelo blanco y los ojos fulgurantes, que abriendo los brazos en cruz levantó la cabeza al invisible cielo…

-¡Perdónalos, señor no saben lo que hacen…

El Hermano de la Fe casi no logró terminar la frase, porque el teniente Raúl Pérez de la Rosa, desde que se interpuso, ordenó a los guardias que retrocedieran y disparó su fusil ametrallador AK. La ráfaga trepó por el pecho del Hermano de la Fe hacia el cuello, que quedó casi desprendido, como cortado por un brutal hachazo. Murió instantáneamente. Enrique Díaz Correa, que se encontraba a su lado, trató de sostener el cuerpo, pero el teniente Raúl Pérez volvió a disparar hasta vaciar el cargador del fusil.

Enrique recibió nueve impactos de bala en el cuerpo. Contra toda Esperanza: Libro testimonial escrito por Armando Valladares después de haber cumplido veintidós años de prisión en las cárceles cubanas; página 275

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