Apenas un  chasquido y el gemido ahogado de una expiración. El impacto seco y el animal que queda tendido, la lengua le ha quedado colgando hacia un lado manando un hilillo de sangre que se mezcla con el polvo de la calle. El auto no se ha detenido. El joven que ha sacado al animalito para hacer sus necesidades se pone las manos en la cabeza y comienza a sollozar  como un niño caminando desorientado de un lado a otro: ¡ay Dios mío el perrito de mi tía! -exclama sin atinar a apartar el cuerpo de la vía- luego del desatino se acerca y toma el cadáver, se lo lleva al pecho y con ternura lo deposita en la acera sin dejar de repetir la exclamación. ¡Ay Dios mío, el perrito de mí tía! Parece un drama normal de un auto que atropella un perro y después lo deja indolente como tratándose de un perro, ese desgraciadamente inhumano apelativo utilizado para reflejar el desprecio: te echo como un perro, te trato como un perro, te pateo como un perro. Pero no lo es, el auto que acaba de cruzar sobre el animal es una patrulla policial, y el perrito un pequeño salchicha que sustituye en su dueña el amor filial a los hijos que la naturaleza por una razón inefable no le ha dado. Ya es el final de la tarde, pronto el ocaso bendecirá el día y la noche abrazará la ciudad de los zombis. Los dos panaderos con sus trajes blancos han salido al lamento. Sus rostros serios castigan el silencio como testigos mudos de la mujer que llega y grita: ¡mi perrito, mi perrito, mi hijito! Se agacha sobre el cuerpecito inerme, lo toma como a un bebé, lo abraza con ternura sobre el pecho y le besa con fervor y cariño, las lágrimas caen sobre el oscuro pelambre  y la mujer ofende a la muerte por no llevársela junto al animal. La escena es conmovedora. Más tarde envuelve el cuerpecito en una mantica de yute y lo introduce en un saco de nylon volteándolo para un lado y otro como si buscara acomodarlo en una cama e inconforme por la posición le busca otra suponiéndola mejor. Enternecida en llanto va y lo sepulta. Luego regresa absorbida por un dolor insoportable que se va convirtiendo en furia y determinación. Se arma de un trozo de palo y sentencia: “Cuando regrese le caeré a palos al auto”. Alguien se le acerca y le aconseja que no sería lo mejor, pero ella ya está fuera de control. La locura momentánea del sufrimiento por el animal le ha sepultado la razón. Ofende y vitupera presa de la ira, solo la controlaría un calmante inyectado. El patrullero a vuelto a pasar pero la llorosa y enardecida mujer no se percató. La lógica humana y la ética del comportamiento social civilizado indican que los agentes que supuestamente  están obligados a controlar el orden  o evitar el desorden no volverán, o si lo hacen será para disculparse en un acto honroso y digno de la autoridad por el respeto mutuo de los que están obligados a la dignificación de la sociedad y el acatamiento incondicionalmente a la vida y a la creación. Incomprensiblemente ocurre todo lo contrario. El auto policial con sus dos tripulantes vuelve y no para el gesto humano y educado de la decencia de quien ordena, sino para la provocación burda y mezquina del que tiene la fuerza y puede hacer uso de ella con toda la impunidad que le ofrece el poder. La mujer armada con el palo está a un lado de la calle. A diferencia  de cuando atropelló el animalito ahora el auto circula despacio hasta detenerse donde se encuentra la descontrolada mujer. Se cruzan las palabras, ofensivas del lado femenino pero sin llegar a obsceno. Bien provocadoras e indolentes del lado de la autoridad. Es la forma de conducirse de más del 90 % de la policía revolucionaria, irrespetuosa al dolor, escasa de ética y pudor, ausente de una preparación sicológica y sociológica que demuestren profesionalismo, y sobre todo un bajo nivel de conciencia y valores humanos. Esto  ha permitido la prosperidad de la corrupción, donde en  más del 50% está vinculada ella misma sirviendo de base su irresponsabilidad. La mayor  parte de los agentes son jóvenes de baja cultura traídos del interior del país, discriminados en su vocación por su bajo índice académico o por otras causas del desajuste social, que no les ha permitido alcanzar una carrera universitaria, desvinculados del estudio y desempleados, o empleados en un trabajo cuyo salario no les alcanza ni para el sustento y obligados a cumplir con el servicio militar obligatorio optan por ser policías 6 meses en una escuela en la capital y después van a la calle con un uniforme  que les brinda un circulo de impunidad y con uno de los más altos salarios devengados en el país, además de la posibilidad de estar en la ciudad capital que de otra forma quizás nunca la hubiesen visitado, pero esto no solo le ofrece estas prebendas, también está la posibilidad de mezclarse con la corrupción generalizada y nutrirse de ella, unas veces presionando con chantaje y coerción,  otras  dejándose sobornar,  y en algunas participando ellos directamente cubriendo y controlando las violaciones.  Cada día se extiende  más el desfalco al Estado, el desvío de recursos, el hurto, el robo, la prevaricación, el cohecho, la prostitución barata y denigrante, el tráfico y consumo de drogas y el mercado negro llega a tales niveles que se puede casi asegurar que el 80% de las necesidades se cubren con él.

Ya la tarde se ha convertido en ocaso y el rojo del cielo pasa al gris. Han salido a la calle más personas del barrio pero nadie hace nada, ni lo harán cuando golpeen y esposen a la infeliz mujer. Todos están demasiado involucrados en la denigración, son zombis y como tal se comportan. La mujer absorbida ya por la irracionalidad levanta el palo y descarga todo su dolor e ira sobre el auto. Una, dos, tres veces. Ningún  intento de los agentes por evitar los impactos. Después el auto  avanza unos metros, la lógica profesional y humana indicaría que se marcharía en busca de la actuación de otros agentes no involucrados, pero vuelve a ocurrir lo opuesto a la racionalidad y el profesionalismo. Se detienen unos metros más adelante y continúan provocando la ira de la mujer que les sigue culpando y  ofendiendo ahora al máximo líder que hoy cumple un año más de dictador. La desdichada victima de la deshumanización, impotente ante su propia razón de existencia grita el deseo de morir: “mátenme, yo quiero morir”. Los agentes la apresan y se la llevan. Están preparados para ejercer y hacer cumplir la ley por encima de las razones humanas, pero como decía, el pequeño salchicha no era un perro cualquiera, ni la mujer un zombi más de los que transitan por esta miserable e inmunda ciudad, menos próspera que Sodoma y Gomorra, pero tomando como patrón los años de civilización no podría decirse que menos corrupta.

María Eugenia, es una de esas mujeres víctimas del destino fatal de no ser madre, pero esta desgracia no le ha provocado la sicopatía apática hacia el entorno donde el odio y el rencor aniden, al contrario la ha dotado de una sensibilidad especial para la relación con la naturaleza, esencialmente con los perros, aun los que no eran suyos los cuidaba y los alimentaba con ternura y no permitía el maltrato para ninguno en su presencia, por los propios es capaz de dar y este acto lo ha demostrado hasta la propia vida, es una costurera prospera, lo más honesta y horrada que permite una sociedad como esta, trabaja hasta altas horas de la noche confeccionando ropas que después vende en un puesto de comercio dentro la legalidad  del país, una gran parte de esa ganancia la invierte en el cuido de sus perros, sus periquitos y sus plantas, en ellos  además de sus familiares y vecinos descarga el amor filial retenido que no ha podido ejercer como madre. Hoy  por los hechos ocurridos a esta mujer se le pretende acusar de desacato a la figura del máximo líder y dictador Fidel Castro Ruz y atentado a la autoridad, sin dudas en esta sociedad tiene más valor la deficiente actuación de las autoridades con la consecuencia de un parabrisas roto, que un ser humano defensor de la naturaleza. Por favor alguna persona humana u organización social defensora de la naturaleza, o productora de parabrisas puede hacer algo para que esta  humana mujer no vaya a prisión.

Tres días después de estos hechos María Eugenia es puesta en libertad por una fianza de dos mil pesos y enfrenta cargo de atentado cuya sanción puede llevar años de presidio.

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2 respuestas a

  1. Reina Catalina dijo:

    Desgraciadamente eso no sucede solo en Cuba, quizas es peor en Colombia.

  2. Cuando yo era niña, un camióncito atropello a una perrita que quería mucho. Yo lloraba sin saber que hacer al borde de la carretera cuando vi que el camión se detenía. Bajo su conductor que a mis ojos era un viejo,me tomo la cara con las manos y me pidió perdón. Llorando vi que cargo a mi perrita y me pregunto donde vivía. Me monto a su lado con la perrita en mi regazo y me llevo a la finiquita de mis abuelos.
    Al poco rato enterrábamos a mi amiga a la sombra de un mango y el señor se marcho.
    Han pasado muchos años y recuerdo ami perrita blanca con lunares negros y recuerdo al señor.

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