continuacion Donde tienen a Yoani

En ocasiones he escuchado la voz inconfundible del Indio discutiendo con algún oficial que intenta infructuosamente argumentarle la falacia socialista con el sentido de la libertad. “Pero es que el socialismo no es libertad” le escucho decir al atrevido periodista y un portazo que retumba ensordece el diálogo.

El tiempo imparable ha transcurrido y le pregunto al custodio la hora, mira su reloj y me dice: las 12 y cuarto. “Ya es hora de dormir”, le digo, “comunícalo a tu superior, porque me voy acostar en el piso y saqué un pantalón para quitar el polvo, pero antes de terminar la acción apareció el gigantón de mirada compasiva y me condujo al cuarto donde estaba el Indio. Tiene dos camas personales y un equipo de aire acondicionado. “¿Todo bien?” me dice casi en un susurro. Pregunta si sé algo de Yoani, y le digo que no. Deduzco por la actitud del custodio que no podemos comunicarnos y decido acostarme y cubrirme el rostro con una sábana; el ojo derecho me arde. Al rato llaman al guardián y Reinaldo vuelve a decirme que le preocupa Yoani. No sé qué decirle y quedo callado pensando en la muchacha. En algún momento cuando he logrado conciliar el sueño un oficial me sacude por el hombro, me retiro la sabana del rostro y lo veo portando en una mano una hoja de papel escrita a máquina y en la otra un lapicero. No recuerdo si me dijo que leyera pero la tome y leí. Habían levantado un acta donde se me acusaba de escándalo público, le devolví el papel y le dije: “yo no he hecho escándalo público ni en mi casa”. –“¿No la vas a firmar?” -Claro que no -le contesté. Entonces él como si tuviese la intención premeditada de que lo viera la firmó delante de mí.

El primer diálogo que escucho en la mañana es el de un oficial de estrella blanca en la solapa que le pregunta al indio del curare en la lengua, si ha dormido bien. Él le responde: “Como el hombre que tiene la conciencia tranquila”. Yo no me retiro del rostro la sábana doblada. No quiero escuchar la pregunta. Cuando noté que se había marchado me levanto y saludo al nuevo guardia, un primer teniente con rostro y gestos de campesino, noto en su mirar un símbolo de respeto. Trae el desayuno y amablemente me lo alcanza, siento pena por no aceptarlo, le digo lo mismo que cuando la comida y le agrego una frase: “Se libre o muere”.

El hombre miró hacia el piso y creí que se abochornaba de estar allí y escuchar aquello. Se preocupan por si nos hemos bañados, pero el agua no llega al baño. Como casi todo en este país de revolucionarios, no funciona bien el suministro de agua. Busca un cubo y lo trae lleno, me presta su jabón y me baño. Luego le traen a Reinaldo, pero antes de bañarse lo llama un capitán y conversa con él en otra habitación. Cuando regresa me dice que nos trasladarán para la Habana. El y la gacela irán en un microbús, yo me quedaré con el auto porque han decidido trasladarlo encima de un camión por condiciones técnicas. “No te preocupes”-le digo, y nos despedimos con un apretón de manos. Termina diciéndome: “En cuanto llegues me lo comunicas”. Deben de ser cerca de las 11 de la mañana.

Quedo allí y aprovecho la ocasión para conversar con el gigantón de mirada infantil, así supe que su apellido era Santos y vivía en Manzanillo. Unos minutos antes de partir el teniente me trae el almuerzo y con sinceras palabras me insta a comer: “Come, ya te vas y el viaje para la Habana es largo, ya estas libre”. Aquellas palabras me conmueven, y me recordó al guajiro cuando llegada la hora del almuerzo le decía al visitante: “Arrímese compadre”. Apenado por el recuerdo que me traía aquel hombre tomé la bandeja con carne, arroz, sopa, ensalada, mermelada y un vaso de refresco y comí algo. Luego se hizo cargo de mí un corpulento mulato acompañado de un primer teniente portando las actas del levantamiento y un mayor sosteniendo una cámara. Me condujeron hacia donde estaba el auto encerrado, el gigante trato de colocarse al timón, pero en el primer intento no lo logró, y tuve que correr el asiento al máximo y aun así la cabeza le chocaba en el techo, por lo que se vio en la necesidad de conducir encorvado. Recorrimos parte del pueblo hasta llegar a un taller donde había una ranfla y un camión que esperaba. Las tablas podridas de la cama del camión crujieron bajo el peso del Aleko y por un momento pensamos en ver salir las gomas por debajo de las tablas. Uno de los oficiales hizo una exclamación burlona y el chofer del camión dijo como formalidad: “No se preocupen, resistirá”. Todos sonreímos con sorna y quizás hasta ellos se dijeron bien adentro: “qué basura de sistema defendemos”.

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