continuacion El regreso en manos del poder

Mientras el conductor del camión se ocupaba en tratar de asegurar la carga con una soga, yo, apoyado en un ángulo de la ranfla, firmé las actas de entrega. Siempre perseguido por el lente de la cámara del mayor para la cual posé sin preocupación, dándole posibilidad de hacer varias fotos y que tuviese suficiente material para esos perversos y poco profesionales trabajos de desinformación que le dan al pueblo a través de los noticieros y la prensa. Me aseguraba de mirar al frente siempre que podía, así nadie tendría dudas de que no fueron fotos espías lanzadas por algún agente creyéndose descubridor de la transparencia del agua.

Hicimos el recorrido de vuelta a la unidad, en el camión. En el trayecto un carro de caballo conducido por un cochero borracho casi impacta al camión. Me quedo en la delegación con el mulato gigante mientras el camionero va en busca de objetos personales para el viaje, le digo al Goliat que necesito lavarme las manos y tomar agua. Vamos los dos hacia un tanque y luego pasamos por el comedor donde una sirvienta me alcanza una copa, la lleno en el bebedero y tomo un agua con sabor a rayo. Luego nos desplazamos hacia unos bancos de granito que están a la entrada de la unidad, a la sombra de un frondoso árbol, con la intención de esperar por el regreso del camión. Durante todo este tiempo y el que estuve dentro, en la espera, he notado las miradas curiosas de todo el personal civil o militar. Debo parecerles con la barba y el cabello largo un raro espécimen. Lamento que no puedan mirar el interior para que corroboraran la rareza de una especie autóctona que se extingue en una Cuba desintegrada.

A la entrada del portón asoma una camioneta Van con chapa naranja. Me pareció recordarla de algún lugar, y supuse que me había rebasado en el trayecto. De ella desciende una señora vestida de monja que recuerdo perfectamente del sepelio de Payá. La acompaña una joven delgada vestida de negro. El mastodonte que me custodia y al que sin dudas han hecho responsable de mí en el alto mando, porque solo recibe órdenes por el móvil, se voltea con inquietud haciendo con su cuerpo una pantalla a mi mirada inquisitiva sobre las recién llegadas que hablan con dos uniformadas de verde olivo. Suponiendo que existe una relación más cercana entre ellas y yo, me conduce hacia el interior de la unidad y me indica un butacón. Luego sale y conversa con la monja y la muchacha de negro. Escucho claramente cuando mencionan un acta de defunción. el policía toma el móvil y llama a los superiores, luego se coloca en la persiana impidiendo la visibilidad entre yo y las mujeres. Al notar su impaciencia por mí y la presencia de las inesperadas visitantes trato de intrigarlo más con inquisitivas miradas hacia el exterior. El descubre una inexistente relación entre las mujeres y yo, que se han sentado en uno de los bancos. En verdad las he visto en otras ocasiones pero nunca he cruzado una palabra, suponía que era la viuda de Payá, luego supe que era la hija. Entonces el esbirro busca a un fornido teniente que me conduce por un pasillo con oficinas, calabozos. Me introduce en uno de los cuartos con cortinas alrededor y me indica una silla mientras él ocupa otra detrás de una pequeña mesita. Sus mentes preparadas en escuelas especiales de inteligencia, para hacer cálculos mentales inescrupulosos ocultando violaciones de la legalidad. Supongo que ahora se sentirían seguros, no habían permitido la comunicación, pero para lo que no les alcanzaba esa capacidad era para descubrir mi fantasía innata a lo novelesco, donde le elogiaría el hacer papel de tontos y de súper espías.

El mestizo extrae unas hojas de papel y comienza a preguntar sobre el trato recibido en las horas de detención. Lo primero en contestarle fue sobre el momento del asalto policial a la entrada del pueblo, el arrebatamiento de las llaves y el auto, el móvil y los documentos. Pero él no quiere hablar de eso y especifica que solo le interesa el trato allí en la unidad. Le confieso que no fue irrespetuoso ni denigrante, hubo siempre un margen formal de autoridad sobre el reo indefenso y desamparado. Él se sintió satisfecho. La parte que no le dije fue que lo menos que podían hacer era eso, tratarme correctamente, después de traerme allí con el uso de la fuerza y la prepotencia de la impunidad que da el poder, violando todos mis derechos universales y constitucionales, sin haber cometido un delito, ni tener siquiera la intención de hacerlo.

Luego me hizo preguntas tontas sobre Yoani y Reinaldo, insistiendo en el motivo del viaje, dónde nos íbamos a quedar y si teníamos la intención de entrevistarnos con alguien. Podría no haberle contestado, pero le dije con toda franqueza la verdad. Venimos a cubrir las noticias del juicio “público” contra Carromero. Yo, a tratar de erradicar dudas sobre su muerte y luego escribir en mi blog. Dudas, que la forma en que ustedes han actuado ha incentivado. No teníamos lugar específico para dormir, precisamente comentábamos sobre eso cuando nos detuvieron. Creo que escribió mucho insistiendo en el trato. Pasó el tiempo y alguien vino a avisar que ya todo estaba listo. En realidad era que ya habían resuelto el problema con la servidora de Dios y la joven de luto. Me sacaron y me condujeron al parqueo donde aguardaba un auto Geely moderno, de procedencia china, con matrícula particular. Me hicieron ocupar el asiento trasero detrás del chofer. A mi lado se sentó un policía vestido de azul, con la chapilla de identificación llevando el número 20380. Era joven, de rostro áspero y ceñudo. Tuve la sensación de que no era fiero, sino un animal amaestrado por causa del alimento. Que podría matar por falta de razonamiento e inseguridad. Asumí la conclusión de que el cambio de circunstancias lo harían proceder diferente, y de un represor que era ahora, podría convertirse en un próspero trabajador y honrado guía de familia. El puesto del chofer lo ocupó un joven delgado, de ademanes desenfadados y rostro sensible. Me pareció uno de esos tantos jóvenes, hijo de algún privilegiado, que alguna relación social le había colocado detrás del timón de un auto además de moderno, favorecido, porque atraía a las chicas y le causaba respeto y miedo a los hombres. Que de otra forma nunca llegaría a manejar en este sistema en que la mayor parte de los casos requerían la indignidad y la denigración indispensables para la prosperidad económica.

A su lado, como copiloto, se sentó el Goliat a cargo de la operación que recibía órdenes superiores. Eran las quince horas con quince minutos cuando salimos. El calor de la tarde desapareció, absorbido por el aire acondicionado del auto Geely. A decir verdad estaba sorprendido. En ningún momento pensé en un regreso así. Creí que iba a venir a la intemperie, encima del camión. Salimos a la carretera. Los dos agentes de la Seguridad enseguida me brindaron dulces, galletas y refresco, aquello me conmovió y pensé en Martí y el discurso Con todos y para el bien de todos: Se me hincha el pecho de orgullo, y amo aún

más a mi patria desde ahora, y creo aún más desde ahora en su porvenir ordenado

y sereno, en el porvenir, redimido del peligro grave de seguir a ciegas, en

nombre de la libertad, a los que se valen del anhelo de ella para desviarla en

beneficio propio; creo aún más en la república de ojos abiertos, ni insensatani

tímida, ni togada ni descuellada, ni sobreculta ni inculta, desde que veo, por

los avisos sagrados del corazón, juntos en esta noche de fuerza y pensamiento,

juntos para ahora y para después, juntos para mientras impere el patriotismo, a

los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas, -y a

un cubano que se las respeta.”

¿Por qué un cubano contra otro cubano por la misma patria que un tirano indolente ha destrozado? ¿Es que acaso seguirá un cubano enfrentándose a otro que le tiende la mano con una rosa blanca? Mire afuera, hacia el Sol que quedaba oculto tras una nube negra y deforme. Más abajo, casi pegado al horizonte, otra nube, semejante al hongo de la bomba atómica, se desasía.

Del mando superior algún estrellado le exigía información sobre el camión que había salido delante. El chofercito aceleraba mientras él contestaba. Cruzamos por el lugar que sumió en la tristeza a tantas gentes, mientras liberó de presagios funestos a unos pocos del poder que se alegraron. Mi mirada iba de un árbol a otro, tratando de adivinar el impactado, cosa que ésta vez tampoco logré. En el primer punto de control el Goliat bajó presuroso y preguntó, le contestaron que hacia 10 minutos había pasado el camión. Volvíamos ahora a la persecución, sin duda del otro lado de la línea alguien le exigía responsabilidad, asi fue durante un buen trecho. “Oye, camina duro el camión”, exclamé con el fin de entrar en comunicación. En un final siempre serian cubanos, compatriotas, aunque en estos momentos sea yo su reo y ellos mis alguaciles.

Nos desplazamos al compás de la tarde, cruzando de vuelta los marabuzales y terrenos improductivos. Me di cuenta de que aun se podrían salvar muchas princesas, (palmas reales), en los campos de Cuba.

Al fin, después de un rato, divisamos el camión y nos mantenemos detrás, a una distancia no recomendable, pero el joven e inexperto chofer no se percata. Las llamadas del alto mando no han cesado de pedir información y dar órdenes, sin dudas se preocupan porque todo salga bien.

Un amarillo primero y un rojo después invadieron el cielo, detrás de los árboles. La penumbra hizo oscurecer los campos y aparecieron pueblos como páramos tenuemente iluminados. Los atravesábamos con lentitud infestados de baches y silencio. No había pasado la hora del gallo, pero ya era suficiente para encerrar sus miserias y sus resignaciones detrás de las puertas. Los intervalos entre llamadas los fui aprovechando en amenas conversaciones sobre el mar y la extinguida marina cubana. Aprovechando para descargar mis resentimientos al gobierno causante directo de su desaparición. Al Goliat le gustaba el mar teníamos algo en común aparte de ser cubanos.

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Una respuesta a continuacion El regreso en manos del poder

  1. Escribes magistralmente. Leo todo aunque no comente.

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