Poesía Sin Fin. Hombres y poetas

La hermosa tarde, con rostro de otoño más que de invierno, ha ido sumiéndose en el descalzo crepúsculo dorado de la ciudad. En el asiento trasero va sentado el poeta con el verso atado a la melancolía de un sueño. Vamos hacia un lugar en busca de dormitorios de palomas, de sabanas vírgenes, de ceibas frondosas y cantos de sinsonte. Allá en la dulce melodía del destierro o el encierro donde esperan otros poetas.

El poeta es viejo muy viejo, llega al siglo y mas allá del siglo al milenio y más allá del milenio al selenio, pero tiene mirada de niño y sonríe con tanta puerilidad que me asusta encontrar al poeta en esta ciudad de delirios y ruinas. Las basuras en la esquina se han desbordado, un niño corre por la acera destrozada, una mujer se rasca la nariz en el umbral de una puerta y un hombre encorvado arrastra los pies sobre el polvo. Aparco frente a un lúgubre mausoleo, toco las aguas albañales con el zapato, y el poeta roza el rastro de la miseria de la poesía. Las sombras de la ciudad se han alargado y las estropeamos cansados de esperar por el Sol.

Subimos por una escalera perdida en el tiempo. Un fetiche nos muerde los tobillos y un negro abraza al poeta. Al final caemos en la trampa de soñar realidades.

De tantos mordiscos en las entrañas martillándome los dedos con el cráneo, masticando neuronas hasta cansarme de tener delirios y deseos, en medio de tardes mustias esperando agazapado en el viento deje la poesía presa en los laberintos del olvido.

El indio, el mestizo, el blanco que no es blanco y el negro que no es negro, a todos los voy atrapando en la descarga del alma y siento que las palabras gatean por las paredes, suben hasta el techo, se prenden a los cuadros, se agarran de las esculturas colgadas de los clavos. Se enredan en el árbol de navidad soplan como el viento. Son el viento recorriendo la ciudad, lamiendo sus desperdicios consumados en sus glorias silentes y colándose por sus grietas. Suben a la Plaza, despiertan al Martí lloroso y de rodillas y golpean después. Golpean, golpean, golpean, golpean y vuelven a golpear con fuerza el corazón de la patria. Mientras, los poetas siguen declamando, declamando, declamando, declamando su poesía hasta cansar las palabras.

Si falta alguno, si queda alguno sin nombre no se asuste, ni se deprima, ni se enfade, ni sienta celos suicídese con la poesía de los poetas.

Ahora llevo al poeta de regreso, atravieso los fantasmas de la ciudad y las luces me muerden los ojos. Miro al poeta cuando se baja. Me doy cuenta de que no es tan viejo y que no me aprendí su nombre. Quizás tenga nombre de poeta.

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3 respuestas a Poesía Sin Fin. Hombres y poetas

  1. porcubaya dijo:

    Agustin…Amigo..y.el agua sera como el vino

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