Vendedores ambulantes. Esclavos del poder.

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La cebolla, el ají, la papa, el plátano maduro: la voz retumba, hace eco por todo el barrio, entra con el viento por las grietas debajo de las puertas, invade los espacios privados y molesta a algún perro que también gesticula al espacio su ladrido indefinido. El vendedor ambulante empuja, casi arremete contra el improvisado esqueleto andante cargado de viandas que se traba en el relieve de la calle, hora en una piedra, hora en uno de los tantos huecos. Las ruedas fabricadas a un horizonte de necesidades y prendidas a lóbregos crepúsculos esparcen su quejido y traquean resignadas. En la última cuadra nadie ha contestado al pregón de las miserias que  abraza la ciudad y el  vendedor se arrincona a la sombra de un árbol. Aumenta la intensidad de su pregón a niveles descomunales. El perro se asusta y retrocede inseguro. Según las costumbres es hora del almuerzo. Deben faltar unos minutos para la mitad del día, pero las sombras no se pierden en los cuerpos. El sol esta inclinado al suroeste. El sudor del carretillero  le puebla la frente y le rueda por las mejillas como lagrimas de adolecente. Un grito más y se convierte en la máquina del tiempo. La Isla retrocede 50 años con la panza cargada de basuras, pero aun nadie sale.

Es la hora del almuerzo según las costumbres y la ciudad esta ebria de engaños y mentiras. Una señora sale y le pide unas cebollas. El rostro del vendedor no dice nada. Es un retrato insípido del aburrimiento.  El perro ni se ve, ni se escucha.  Se ha convertido en un espejismo. Dejo atrás el pregón revolucionario y sigo en busca de la paz, pero aun lejos lo escucho. Camina hacia dentro de mi alma.

Las casas en esta zona de la ciudad están pintadas, ahora tienen propietarios. Algunas están en venta para comprar un pasaporte. Así y todo se ven bonitas. Parece que tienen vida propia. No dejo de caminar y sin percatarme he llegado a la calle 42, doblo a la izquierda, una carretilla cargada de viandas y frutas permanece a la sombra de un árbol. Un policía se acerca y le pide los documentos al dueño. Los toma y se lleva al anciano. Un vacio en el pecho me quita el oxigeno. Trato de seguir pero hoy los pies no quieren obedecer. Estoy en problemas me digo. Quedo cerca de la carretilla unos minutos. El anciano no regresa. Un señor que se encuentra a unos metros me mira con recelo. Me le acerco y le pregunto.

Buenas tardes: ¿sabe usted porque se llevaron al anciano?

El recelo aumenta, en el dialecto de un tartamudo logro entender que, porque no puede estar detenido, tiene que estar circulando. La absurda respuesta me corrobora que estoy en problemas, extraigo la cámara de la mochila y en el rostro del tartamudo se refleja el terror, es casi negro pero se ha puesto cenizo. Esta por los 60 y temo que se infarte.

No se preocupe, no lo voy a fotografiar, pierda el cuidado.

Yo no tengo nada que ver, solo me dejo cuidando. Me  responde mientras se aleja de la carretilla.

Hago varias fotos y espero unos minutos más. El anciano no regresa y decido hacerle otra pregunta al cenizo.

¿Usted sabe si se lo llevaron muy lejos?

No, para el Sector (pequeños puestos policiales colocados en los barrios que no impiden la delincuencia, solo la organizan, su mayor éxito es aplastar la oposición) está al doblar la esquina.

Busco el carnet en la mochila. Es lo primero que piden los policías antes del saludo, lo coloco en el bolsillo trasero y penetro en el Sector. Un saloncito con cuatro escritorios, tres están ocupados, detrás del más alejado de la puerta está sentado un joven mulato con grados de suboficial, en uno de los del  centro repasa unos papeles un teniente y en el primero está el joven que trajo detenido al carretillero. En unas sillas al frente permanece el anciano con las manos entre las piernas como un perro acobardado.  Quedo parado unos segundos. El teniente me pregunta que deseo, saludo y luego le hablo.

Mire me preocupa que han traído para acá al vendedor y su carretilla quedo allá. El teniente me mira sin enfado y se dirige al joven.

¿Como fue que se quedo la carretilla allá? el joven me lanza una mirada despectiva. Parece que le he caído mal. El anciano contesta.

No hay problemas, me la están cuidando.

Sé que quien se la cuida, es el señor amedrentado, el cenizo pero la pregunta fue una forma para establecer contacto amable con los agentes que administran el desorden.

El teniente vuelve hablar. Mire quien lo trajo fue el.

El joven arruga la frente asemejando fiereza y me clava su  mirada de rata. La única diferencia que le veo en los ojos de los ratones que venían a robar el pan y quedaban  atrapados en  la ratonera y los de él, es su uniforme de policía cubriendo su cuerpo humano.

Deme su carnet. Me dice con actitud autoritaria. Pregunta prevista.

Se lo entrego y lo mira sin lógica, luego toma el radio  con las intenciones de informarse  sobre mí, pero no habla.

El mulato del escritorio de la esquina ha estado atento a la conversación, se levanta y se acerca. Toma el carnet, lo mira y exclama con amabilidad.

Del Globo, ah, yo tengo familia por allá, una hermana vive a la salida. Acepto sus pretensiones amables. Juraría que es el político del Sector, pero no me interesa ese desvió.

Me preocupa lo del vendedor. Le digo. Sería tan amable de aclararme.

Usted es familia de él. No. le respondo.

Es su  amigo. No ni tan siquiera lo conozco, pero quisiera saber que hizo mal para que lo trajeran aquí.

Mira, los vendedores ambulantes tienen que estar circulando, no pueden estacionarse en ningún lugar, esa es la orden superior y si no la cumplimos cuando alguien del mando cruza nos amonesta, sobre todo en esta avenida que pasa el comandante y esa gente cuando pasa si  encuentran obstáculos atravesados no preguntan, les caen a tiros.

De pronto un asco me sube del estomago, siento repugnancia de estar allí frente  aquel corpulento uniformado  intentando explicar estupideces y justificar absurdos. Me asombra como pueden dedicarse tantos jóvenes a sostener la imbecilidad de otros imbéciles que gobiernan cuando hay tantas labores útiles que hacer. Me recuerda el día que me detuve en la quinta avenida para bajar un pasaje y al momento fui detenido por un agente. Me ordeno que bajara del carro y me pidió los documentos. Después me dijo que se iba a quedar con ellos porque yo había hecho una parada en la avenida del comandante y eso estaba prohibido. Perder los documentos del auto en manos de un agente de tránsito en esos momentos era como perder seis meses de trabajo. Casi suplique para que me los devolviera. Después pensé cosas muy malas con mi carro.

¿Entonces me dices que son órdenes superiores?

Sí, pero además, si los inspectores los agarran los multan, nosotros, debido a que son personas adultas y ancianos, los presionamos con actas de advertencias para que circulen. Hoy no lo vamos a multar.

Qué opinas si  rebatimos esas órdenes superiores  a niveles superiores también.

No, que va, ya eso está estipulado así.

Esa es tu opinión pero no la mía.

Le era imposible a este inepto amaestrado descubrir a los niveles superiores que yo me refería. Tampoco valía la pena decírselo, quizás el no sepa ni lo que es un bloguer, ni un sitio en internet. El terror de las dictaduras.

Me entrego el carnet. Los ojos del ratón seguían pegados al acta que escribía, muchas veces el bajo grado cultural de los agentes le impide el trabajo con prontitud. Cuando me despedí los alzó y me los clavó con menos soberbia. Entonces  sentí mas lastima por él que por el anciano esclavizado.

Al salir, casi detrás de mi salió el anciano. Era un negro flaco y alto, pero los años lo hacían ver jorobado. Quizás frisaba los 70. No sé si ya  habían terminado con él o habían tomado otra decisión en la que yo había influido. No me detuve a conocerlo. Cuando estuve llegando a la carretilla el cenizo se retiro rápidamente. Después de haberme alejado unos metros pensé en darle mi número de teléfono al vendedor por si tenía problemas, pero cuando me voltee ya estaba lejos empujando su carga. El amedrentado aun caminaba delante. Le llame con un sonido de aire que se escapa y se hizo el desentendido, luego un llamado directo lo detuvo, pero no quiso aceptar entregar el teléfono a su compañero. ¿Hasta dónde coño tenemos encajado las garras del terror, me dije? Si es por merecimiento este pueblo se merece algo peor que esta dictadura. Pero  nosotros tampoco nos merecíamos el sacrificio de Cristo y el nunca dudo en ofrendar su santa vida por salvarnos.

Ya estaba bien lejos y el pregón con los silencios de los que no tienen fuerza o valor para pregonar me atravesaban el alma, mientras otro anuncio de una sola palabra  cantaba en las entrañas de esta ciudad, yo lo escuchaba. Libertad. Libertad. Libertad.

Seguí deambulando y preguntando a los vendedores ambulantes. Uno de los ancianos me contó que lo habían obligado a circular constantemente  los años anteriores, pero que ya estaba muy enfermo y se le inflamaban mucho los pies, por eso le permitían estacionarse. Accedió a la foto.

Tengo 69 años. No tengo miedo. Me dijo, mientras se erguía al lado de su improvisado carretón que ya no podía empujar para que yo accionara la cámara.

A unos metros del hombre una señora vendía dulces, no creo que tuviera más de 40 años, también me dijo que no podía estacionarse en ningún lugar. Ya le habían puesto 250 pesos de multa en una ocasión. Le pregunte qué cuanto le abonaba al Estado mensualmente.

150 pesos respondió.

No accedió a salir en la foto. No quiero problemas, me dijo, pero puedes hacérsela  al carro.

Otros tantos vendedores ambulantes me contestaron lo mismo. Solo el señor enfermo accedió a la foto.

El Estado no autorizó el cuentapropismo por bondad para con el pueblo sino por necesidad para cubrir con los tributos la ineficiencia del sistema socialista evitando el estallido social colectivo y así mantener el poder por un tiempo más.

Los vendedores ambulantes son una  víctima más del sistema que aun cuando debían estar descansando en su casa de sus años de trabajos están empujando o arrastrando unas rusticas carretilla por las deterioradas calles de las ciudades, azocados por un cuerpo de jóvenes inspectores y policías carentes de sensibilidad humana. Si existiera justicia social el Estado debía pagarles a ellos por tal sacrificio. En Cuba no existe un sistema tributario sino un mecanismo legalizado de robo con fuerza. Quienes pagan impuestos, no están pagando ni las obras sociales ni la asistencia social, sino los cuerpos represivos que parasitan la sociedad.

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12 respuestas a Vendedores ambulantes. Esclavos del poder.

  1. job38elvive dijo:

    Esa realidad es tan triste que colcome los huesos oir, Dios tenga piedad de los cubanos, se acuerde de sus misericordias y vuelva su rostro, para que resplandesca la libertad y la democracia. Gracias

  2. Noel dijo:

    No es facil Cuba! Estoy loco porque se caiga la mierda de sistema ese! Que falta de respeto con los cubanos tu! Y despues dicen que ellos “aman a la patria”. Ellos aman el dinero que le reporta la patria eso si aman ellos!

  3. toni montana dijo:

    Esa es la realidad en Cuba y todos callados y obedientes. Veo las fotos de mi barrio y me dan ganas de llorar. Culpables fuimos y somos todos. Que pena

  4. Cuba está acabada y los cubanos lo único que hacen es bajar la cabeza, ir a actos revolucionarios, votar y pedirle a la familia en el exterior. Claro que hay excepciones.

  5. El Lapón Libre. dijo:

    No quiero ofender a ninguno(a) de los que opinan aquí en este foro, los cuales tienen y merecen todo mi respeto, pero pienso que los(as) cubanos(a) no necesitamos piedad, ni misericordia de nadie, sinó lo que le sobró a Maceo y Mariana Grajales, que, al perecer, nos lo han cortado de cuajo esos esbirros comunistas. Tenemos, simplemente,…lo que nos merecemos por ser un pueblo tan COBARDE. Por demás, mis felicitaciones al escritor por tan profundo reportaje-denuncia.

  6. toni montana dijo:

    Agustin hermano excelente su trabajo y sus fotos que demuestran la realidad que vive el cubano. Leo la seccion de Jose Alejandro en Juventud rebelde digital cada dia( Acuse de recibo) y atraves de ese foro oficial veo la realidad cubana pero no se compara con su escrito y la publicacion de fotos. Te felicito por este blog dejando conocer la realidad cubana. Sali de Cuba en 1980 por el Mariel tenia solo 24 anos y nunca mas he regresado. Soy nacido y criado en Miramar ( Marianao) y cada vez que veo las fotos lloro de ver tanta miseria y destruccion, doble moral y oportunismo de muchos. Mis saludos Toni

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