A mi madre ausente.

en su chosaDentro de la caja de cartón duermen las portales del día de las madres, aun conservan colores de fiesta y recuerdos. En unas son escasas las palabras, en otras están escritos  mis malos versos, en todas un símbolo de cuanto te amo.

Madre: Ahora te veo en los últimos días, fueron terribles, te levantabas poco. Yo apenas te podía atender. Habíamos llegado a la miseria. Pero yo había encontrado un camino de libertad onírico e inefable. Atormentado por tanta corrupción y  falta de dignidad me había apartado de la sociedad.  Tú no comprendías y yo no sabía explicarte, siempre fue así entre tú y yo. Me lastimaste mucho y yo a ti también pero en el fondo nos amábamos.

Recuerdo aquel día en que me golpeabas injustamente por haber lanzado el tubo al más temido de la sitiería que tenia bajo su dominio a todas los demás muchachos. Habías arribado en  el tren de las tres y cuando llegabas a casa de Marcela, casi delante de ti callo el cuerpo desmadejado con el golpe en la cabeza. Tú ayudaste a recogerlo de la tierra y exigías un castigo para quien lo había hecho. Yo ya había  corrido  para la casa temeroso de lo que podría suceder, enfrentarse al líder era una osadía, suerte que lo había tumbado. Alguien te dijo que había sido yo, entonces llegaste a la casa y me pegaste fuerte por las piernas con una correa, pero yo no lloraba y eso te enardecía mas, hasta que alguien te dijo que no me siguieras golpeando, querías que llorara pero  no llore, porque era una injusticia, si me hubieses acariciado el llanto hubiese brotado. Tenía yo unos 10 años. Unos meses después  quise  tu anillo de oro, el que te había regalado mi papa con tu nombre y el de él grabado por dentro. Me lo diste y me fui a la laguna de los patos, pero como no ajustaba al dedo intentando nadar se cayó en el agua y fue al fondo. Debiste sentir mucho dolor cuando regrese a casa sin el, por dos poderosas  razones, una sentimental, la otra el valor de la joya, éramos pobres, pero todo no paso de un regaño. Yo era tu ídolo y tu orgullo.

Un año después estuviste más de una semana en una cola durmiendo en el piso, en el  portal de la tienda para cómprame la bicicleta rusa. Habías trabajado mucho de día y de noche para reunir el dinero. Hay madre como me duele tu ausencia.

Después nos mudamos a la ciudad y el día de las madres te regalaba una flor y me colocabas otra de color rojo en el bolsillo de la camisa. Usaban la roja los que tenían la  madre viva, me explicaste que quien la tenía muerta usaba una blanca. Dime cual uso ahora que no se si estoy vivo o estoy muerto.

Son muchas las vivencias  que me queman el alma. Me fui de casa para la Academia Naval y un día de las madres  no tenía que regalarte, entonces  tome de una revista un dibujo con un ramo de  flores,  y te lo envié por coreo. Tu lo guardaste por muchos años en una cajita de recuerdos donde tenias también mi primer zapatico, el trofeo ganado en la primera competencia de judo en el año 73, la medalla  de bronce  ganada en el torneo provincial en  el año 75 y la insignia negra con cuatro v amarillas   que usaba en el hombro prendida de la de la marinera blanca en el último año de academia.

En otra ocasión te esperaba en la estación de ferrocarril y    cuando descendías por las escalerillas  del tren me di cuenta que habías envejecido, una corona de cabellos blanco se posaban sobre tu cabeza. Sentí la tristeza abrirme el pecho.

En el 90 cuando abandone la marina cansado de tanta infamia, desvergüenza y corrupción, nos vinimos juntos los dos definitivamente para la Habana, siempre a mi lado, me lo diste todo hasta que enfermaste y te salió la llaga  diabética en el pie vendiendo pan y dulces en las calles para completar el sustento. Fue entonces cuando más me necesitaste y cuando menos pude hacer por ti. Te dejaba sola y me iba a la calle a defender la libertad, aunque tú me decías, que el mundo no lo arreglaba nadie. Intente explicarte que no era problema de arreglar el mundo, sino de existir ajustado a los sentimientos, pero no entendías y  terminábamos peleando, me iba a mi tinajón cuadrado y luego te aparecías cojeando para que te perdonara. Yo no tenía nada que perdonarte. Tú eras la mejor  madre, pero te decía que desde la última palabra dicha ya te había perdonado, entonces me dolía el corazón.

Recuerdas cuando te lleve para el tinajón cuadrado porque estaba muy preocupado por tu salud, tu dormías en el catre y yo a tu lado sobre unos cartones, en el piso, sentía mucha seguridad y ternura al saber que estabas cerca, pero después te deje sola y no regrese, esa noche te dio un coma diabético de más de cuatro horas, no había nadie cerca para socorrerte, al otro día cuando te descubrió mi hijo apenas respirabas, te llevaron para el policlínico casi sin vida, cuando volviste a tener conocimientos dijiste, soy dura, no me voy a morir y alzaste el brazo, mi hermana y yo reímos.

Un tiempo después vino lo último, fue lo más duro. Te llevaron para el hospital débil y acatarrada, fui a verte varias veces pero no me quede a tu lado, algunas noches estuviste sola, fui indolente, nunca comprendí la distorsión de tu mente. Sin embargo, cuando me machetearon las manos  tú estuviste todo el tiempo al lado de la cama, al tanto de mis necesidades. En alguna ocasión te mande para la casa y protestaste sin obedece  hasta el día  que me dieron de acta.

Apenas pude comprarte unos jugos, no tenía dinero ni para cubrir tu enfermedad, pero me había hecho el hombre que nació y nunca había sido. Es triste no poder explicarte y ahora es imposible. Me toca la rosa blanca en el bolsillo de la camisa

Presentí que te ibas a morir pero no lo comprendía. Te saque del hospital y te lleve para la casa de tu hija, pensaba que si morías en aquella sala no tendrías paz en el último suspiro. Allí te deje, sentada en un sillón porque no podías acostarte, te faltaba el aire, cuando ya me iba volví y te di un beso sobre la frente. Antes de que saliera el sol me llamaron para decirme que habías muerto. Ya no habían mas días contigo y nadie me esperaría despierta cuando yo salía a defender la libertad.

Fue todo rápido, a las 14 horas te sepultamos. En el cementerio esperaban cuatro amigos anticastristas y dos agentes de la seguridad, los agentes  se marcharon, todo transcurrió en paz, cuando la tierra te cubrió me acurruque a tu lado como cuando era niño. Estaba aprendiendo a morir.

Aunque estuviera lejos siempre te acordaste del regalo  de cumpleaños.

A veces en los sueños lloro tu ausencia y cuando despierto es  tanto el dolor que desprecio la vida. ¡Ho Madre! como duele seguir viviendo sin acariciar tu   blanco cabello´

Las palabras de amor que nunca te dije y las pronunciadas  con ira ahora son piedras ardientes quemándome el corazón. ¡Ho Madre! como duele estar vivo sin ti.

Un abrazo en este grandioso día  de la  mitad de tu hijo que aun tiene vida y perdóname por no haberte dado lo que te merecías. No fue que no quise, sino que no pude.

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Una respuesta a A mi madre ausente.

  1. John J Vallejo dijo:

    BELLO RECUENTO, MIS FELICITACIONES AL ARTICULISTA.

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