La trampa XVI. Soy bloguer, he resucitado.

  • Día lunes 4 de noviembre 2013, unos minutos antes de las 08.

  • La trampa XVI.

  • Ese pájaro gigante del pasado que vuela a una velocidad superior a la de la luz retoma el espacio del presente. Sería la primera mitad del año 1974. Estábamos todos los alumnos de decimo grado en el aula recibiendo una clase cuando se aparece la directora seguida por los tres oficiales de la marina. Fue algo sorprendente ver aparecer aquellos tres marinos de verdad, en carne y hueso. Casi todos nosotros, solo los habiamos vistos en películas, en la pantalla del cine o en el televisor. Sus relucientes uniformes blancos con las charreteras negras y los grados en dorado, la gorra de plato con su refulgente escudo de la marina, también en dorado, y el caminar erguido daban una impresión majestuosa de fuerza y belleza, las estudiantes y hasta las profesoras se quedaban enternecidas, les brillaban los ojos con un fulgor concupiscente, a las jóvenes se les caía la baba y alguna debe haber soñado con un beso y quizás hasta se le humedeció el sexo.

Los tres hombres ocuparon un espacio entre la mesa del profesor y la pizarra donde habían quedado escritas las últimas notas o las primeras de la clase. Después de un cortes saludo, comenzaron la charla donde convirtieron la Academia Naval en un paraíso terrenal de justicia prepotente. Extrajeron del portafolio fotos de los bloques militares con sus hermosos trajes de gala, y sonrientes guardiamarinas en atractivas y viriles poses. En un aula se vieron un grupo de alumnos vestidos de blanco, mientras un oficial impartía la clase. Todo se convirtió en un pasaje soñador que enternecía, sobre todo al joven de espíritu aventurero. Luego vino el conmovedor discurso: La necesidad de la patria de marinos que estuviesen dispuestos a defender sus mares, su territorio y que a la vez llevaran el mensaje de la “revolución” a otras latitudes. Cuando termino la exposición, algunos estudiantes hicieron preguntas, mi carácter tímido de crianza guajira no me permitía ni moverme, pero mi cerebro ya había decidido, la curiosidad seria satisfecha en el futuro. ¿Cuántos están dispuestos a convertirse en defensores de la patria? ¿Cuántos navegaran por los mares del mundo y se convertirán en oficiales de nuestra marina “Revolucionaria”?: preguntaron los oficiales.

Los estudiantes se miraron unos a otros como esperando cada cual que el otro se decidiera. Yo alce la mano. El aula aplaudió. Los oficiales y profesores sonrieron. Las chicas me miraron con asombro y quizás alguna en su mente se imaginó mi silueta ya convertida en hombre, toda vestida de blanco asomando en el pueblo como una aparición celestial. Cuando llegue a la Academia en septiembre de ese mismo año la realidad fue otra muy diferente a la contada por aquellos marinos. Al otro día de llegar, nos formaron, nos pelaron al rape como presidiarios, nos dieron un uniforme verde olivo, un fusil SKS, canana, casco, botas rusas y ordenes de mando tan necias que me pareció que habíamos caído en una trampa y eso era en realidad la captación: “una trampa”. El uniforme blanco nunca apareció y jamás vi a nadie asistir a clases uniformado de blanco, excepto cuando hacían un examen final o para una filmación con vistas a la próxima trampa, porque así fue como bautizaban los alumnos las captaciones. Yo caí en la trampa XVI, después vi llegar hasta la XX, pero los años de Academia serán otra historia.

Al frente se divisa la torre de la plaza contra un horizonte y una ciudad muerta que despierta para sumirse en un letargo de inexistencia, por entre las princesas cultivadas en la avenida, las largas sombras de los edificios sucumben en deformidades oscuras. No puedo evitar, aunque no cruce al otro lado de la atalaya, imaginarme el Martí arrodillado, siempre teniendo la duda, que si está llorando o pidiendo perdón.

Ya llego, pero no tomo por la calle donde siempre entro para donde está la Y espanta buitres, continuo hasta Tulipán para acercar lo más posible al oficial a su destino, el no podrá imaginárselo.

Muchos tienen la naturaleza del escorpión, donde por su esencia mortal se ahoga matando a la rana que gustosamente lo trasladaba del otro lado del rio, yo la de la paloma que lleva el mensaje a la princesa apresada en el castillo de la malévola la bruja.

Detengo el auto y el oficial se baja, me parece que ahora las dos estrellas blancas en la solapa brillan más que durante todo el viaje, asoma por la ventanilla para darme las gracias, pero yo le digo: no a mí, a Yoani Sánchez y Reinaldo Escobar que son los dueños del auto, ¡ha! y capte jóvenes que tengan buena conciencia.

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