El pan nuestro de cada dia.

SONY DSC SONY DSC SONY DSCEs sábado 27 de septiembre, aun no ha amanecido. Observo la panadería a través del cristal de la puerta. La ventanita por donde venden el pan está cerrada. Una persona ya está en la cola. El pancito redondo se agota rápido entre los cuentapropistas de los merenderos surgidos con las reformas Raulistas.
Son las 06 con 30. Espero para llevarles pan a las jimaguas. Ya la cola ha crecido y no han abierto la ventanita. Son las 07 con 36, aguardo unos minutos más y bajo hacia la cola. Miro hacia el este y descubro un cielo azul con algunos cirros blancos prendidos a una aurora matizada en rosa abrazando con ternura la ciudad.
Abren la ventanita y comienzan a vender el pan nuestro de cada día. Se une a la cola una señora con un objeto del cual brota música para todos, para mi repugnante, pero no puedo taparme los oídos. Detrás de la ventanita el panadero mueve la mano con los panes y el dinero. Quiere ser amable. -Lo escucho cuando comenta: no se a quien le aplicaran esas nuevas medidas para los trabajadores. Se refiere a las nuevas transformaciones hechas al código del trabajo. Extraigo de mi mochila una Declaración Universal de los DDHH con la intención de dársela cuando me acerque a la ventanita.
La mujer del artefacto que hace manar música se marcha. Tenía la intención de comprar cuarenta panes pero tuvo que comprar cuarenta y tres. El panadero no tenia vuelto. La mujer le dijo al panadero que las próximas vacaciones en Varadero las utilizara para aprender matemáticas. Los dos sonrieron, pero la sonrisa hipócrita y forzada del panadero no tenía semejanza con la sonrisa resignada al ostracismo de la justicia esbozada por la mujer. Las más grandes verdades se dicen riendo. Al fin llegue a la ventanita. Saludo y le digo al panadero: te oí disertar preguntando a quien le iban a aplicar las nuevas medidas del código de trabajo?. Por supuesto, a ustedes que trabajan para el poder, pero te entrego una carta de la Declaración Universal, para que conozcas tus derechos.
El carácter del panadero cambia, se ha puesto serio como un tirano, ahora se parece a los agentes de la policía política que cada rato me detienen. Rechaza la carta y argumenta saber reclamar sus derechos. Me avergüenzo. Le pido 10 pesos de pancitos de 80 centavos cada uno, me entrega 12 panes y se queda con el vuelto. El panadero si conoce de matemáticas, puede ir a Varadero. Doy la espalda y me marcho. Conozco la historia del pan nuestro de cada día, del pan “revolucionario”, del pan castro-comunista y de los panaderos, por supuesto.
En el año 1974 me trajeron para la Habana a ingresar en la Academia Naval con vistas a integrar la fuerzas navales de la MGR me albergue en casa de un panadero, no del vendedor sino del fabricante, ahora uno mismo hace las dos cosas.
Los días de pase, en las jornadas de madrugada, lo acompañaba en su faena, trabajaba duras jornadas. Al terminar: Juan, para colocarle un supuesto nombre, no se llevaba solo un pan, sino otros beneficios, robados al estilo socialista, robo que no es robo, pero que si es robo, por supuesto, espero que entiendan y si no entienden consíganse una plaza de panadero o un carnet del partido, es más efectivo para ser un buen “revolucionario”.
Con cualquiera de las dos condiciones se puede ir a Varadero o se puede entender la necesidad del “pan nuestro de cada día”. A Juan lo habían traído a la Habana unos años antes a cumplir el servicio militar obligatorio. En ese tiempo solo tenía una muda de ropa. Terminó el servicio y decidió quedarse en la Habana, consiguió una plaza de panadero y Juan comenzó a crecer en la industria del pan, digo, a hacer y tener el “pan nuestro de cada día”.
En 1978 me gradué de oficial de la marina, pero seguí estando muy unido a Juan que lo trasladaron a repartir pan y dulces por toda la Habana. En muchas ocasiones lo seguí acompañando en su faena diaria de repartidor. Cargábamos en las dulcerías o panaderías con supuestos conduces bien acuñados y firmado por “revolucionarios” muy identificados con el poder y que repudiaban los EEUU.
Las asignaciones estaban abaladas por la planificación socialista, también fabricada por consagrados “revolucionarios”, por supuesto, casi todos militantes del Partido, también odiaban los EEUU. Delante circulaban papeles, detrás billetes acuñados con el “pan nuestro de cada día”.
Repartíamos por las escuelas en el campo, las unidades militares, los internados y seminternado de la ciudad y en los centros hospitalarios. Entrabamos con los carros cargados del producto, los responsables de recibir la mercancía: oficiales de las fuerzas armadas, administradores y directores de escuelas, económicos casi todos miembros del “Gran Partido Comunista”, y también “revolucionarios” consagrados a la “revolución”, firmaban los vales o autorizo. Se realizaban cambalaches entre esos grandes “revolucionarios” y el carro regresaba con cualquier tipo de alimento, además de una mercancía excedente para el comercio en los mercados y bodegas, y le ronca los cojones, también estos de los mercados y bodegas eran “revolucionarios” consagrados, miembros muchos del Partido Comunista y odiaban los EEUU.
Algunas veces se vendían los furgones de pan a particulares para alimentar cochinos. Uno de los panaderos, ahora habitante de Norteamérica, se compro una camioneta y planto una cochiquera en Pinar del Rio. Terminada la faena se repartían las ganancias, por supuesto, eran partes independientes y cada uno le aportaba al “revolucionario mayor” al administrador, económico o director de la empresa su cuota fija, después se reunían los carreros, por este lado que yo conocía, en algún restauran podríamos decir que de lujo, bebida, comida, mujeres y buenas propinas a las camareras, que muchas terminaban por rendirse a los encantos del “pan nuestro de cada día”.
Mientras esto ocurría, para la mayor parte de la población era difícil alcanzar más del cuarto de pan normado. En los pueblo del interior después de las cuatro de la tarde se podía ver una cola de ancianos y algunos niños para si sobraban algunos pedacitos obtenerlos mediante la venta libre, después también, por supuesto, que la bodeguera “revolucionaria” resolviera su situación del “pan nuestro de cada día”
En mi pueblo con más de 10 000 habitantes entre la ciudad y sus alrededores se fabricaban unos mil dulces por día. Además de una odisea, alcanzar uno era una suerte. Y ¿qué decir de conseguir un pastel de cumpleaños?. Desde luego también en estos lares los panaderos “revolucionarios” amasaban la masa y se nutrían del “pan nuestro de cada día”.
Conocí bien profundo los laberintos del pan “revolucionarios” . Los que lograban entrar en esos laberintos de la industria del pan “revolucionario” salían siempre con un poco más del “pan nuestro de cada día”. Sus necesidades quedaban cubiertas, lograban obtener casa carro y otros lujos mediante el “pan nuestro de cada día”.
Juan un día sin que nadie se lo pidiera dejo la empresa, no quiso seguir disponiendo del pan de “otros cada día”. Siempre la industria del pan “revolucionario” tiene una plaza vacante para algún Juan. Nada ha cambiado. El Juan de la panadería que me rechazo la carta de derechos tiene motivos más que suficientes para no reclamar sus derechos y cambiar su rostro de un panadero a un represor. Además del corrupto usufructo recibido mediante la venta del pan, la materia prima con que se nutren las nuevas dulcerías y pizzerías consentidas mediante las reformas de Raúl son adquiridas mediante estos Juanes y quizás este Juan sea miembro del Partido y le hayan alertado contra mí por reclamar derechos antes que denigrase en la corrupción.
Como el pecador que rechaza la enseñanza cristiana no porque la existencia o no de un Dios defina, sino porque a través de los mandamientos le recuerda que es un pecador, así huye este Juan de la verdad. Reclamar sus derechos supuestamente no le permitiría seguir siendo Juan. Podría cambiar su condición y ser juzgado de terrorista, contrarrevolucionario, mercenario al servicio de una potencia extranjera y pasar a ser un excluido social, un desafortunado parias y el quiere seguir siendo un Juan sin tierras, perdón, sin derechos o con derechos para robarles el pan de otros cada día. Yo también pienso que quiero seguir siendo el que le entrega la carta de sus derechos, mas: líbranos señor de este “pan nuestro de cada día”. Este pan tan “revolucionario”.

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