La caravana del terror (continuación)

La tarde sigue avanzando abrazada por el calor, el cielo se ha ido poniendo gris y al sur se oscurece anunciando lluvia. Han continuado bajando prisioneros esposados del camión, los conducen adentro, los registran minuciosamente y luego los sacan de nuevo. Algunos los vuelven a su sitio ya sin esposas, otros los dejan con nosotros y otros no sé dónde los llevan. El espacio que ocupamos se ha ido llenando y nos trasladan hacia unos bancos situados debajo de un árbol donde acostumbran a sacar los detenidos para las visitas familiares. Siempre caminamos rodeados de un grupo de tensos policías que cuando nos miran ponen rostros rudos como soldados de la Gestapo alemana.
Desde donde estoy ahora veo perfectamente los que van sacando del camión. Uno de ellos es Arturo Rojas, oigo cuando uno de los secuaces le dice a los que van a practicarle el registro: quítale el teléfono y regístralo bien no vaya a ser que tenga la cámara, y dirigiéndose a Arturo en tono cínico y amenazante le apunta: que, trajiste la cámara. Esto es porque Arturo en una de las ocasiones anteriores había logrado introducir una cámara hasta el calabozo colectivo y gravado algunas imágenes, por alguna razón desconocida con certeza, ellos lo supieron y ahora permanecen alerta y son más cuidadoso en los registros. Veo cuando le quitan mi teléfono y pienso que quizás esta vez lo puedo perder. El gobierno teme a las informaciones y a las imágenes que salen al exterior de las atrocidades practicadas sobre los pensadores diferentes.
Otro de los que sacan del camión es Guillermo García, de 67 años. Su brazo derecho a la altura de la articulación del codo esta ensangrentado. Esa misma región del brazo había sido dañada en el violento arresto el 19 del mes anterior, quizás los rasponazos no hayan sanado bien o el anciano haya sido arrastrado nuevamente por el pavimento. Lo llevan adentro y después lo agregan a nuestro grupo.
Todos nos animamos en una polémica sobre los acontecimientos, siempre dando ideas de cómo acabar con la dictadura de la forma más pacifica posible y transformar a Cuba en un Estado de Derecho. Yo enfoco el tema del cambio de constitución. La conversación se anima y los tonos de voz se elevan, a pesar de que mi acento de voz de guajiro no lo he podido educar a la cultura universal por mucho que me he esforzado, mi propósito en casi todas estas ocasiones es que otros oídos escuchen nuestras razones y que su miedo a emitir opiniones sobre el gobierno vaya escapando. Uno de los policías que nos rodean, serio y ceñudo y con voz autoritaria nos dice: no le digo que no pueden hablar, pero sí que hablen bajo. Lo miro de reojo y continúo hablando con la misma intensidad. Los demás bajan el tono por unos minutos. No creo que por miedo, porque si algo han demostrado aquellos hombres que me rodean es valor, pero son personas educadas y respetuosas, aunque no hayan transitado por los recintos universitarios, si sienten un profundo respeto por la persona humana.
La conversación vuelve a entonarse con emoción y el policía se acerca de nuevo y en tono autoritario nos dice: les dije que hablaran bajo y tiene que hablar bajo. Tome aquello como una amenaza y entonces dirigiéndome a él le conteste: no muchacho, te equivocaste, no entendemos de amenaza, se acabó, no obedecemos órdenes de nadie, por lo tanto no ordenes mas lo que no vamos a cumplir, aquí no hay miedo. El guardia me miro entornando los ojos como para impresionar y de verdad pensé que no sé cómo hay hombres tan estúpido que tiene la errónea idea de que pueden atemorizar a otros hombres porque usan un traje militar y portan un arma amparados por la fuerza del poder. Recordé la fábula del principito de Saint-Exupéry, que estoy seguro que este como muchos policías no saben ni siquiera que existe un libro, que dice que nunca ordenes lo que no van a cumplir, que hace énfasis en la perseverancia por el cuido de una rosa y se burla del avaro y el poderosos en medio de un desierto. El uniformado parece que comprendió el ridículo de su actuación y no dijo más.
El barbudo del cáncer en la garganta intenta explicarme quien es, ahora se amplía más se levanta del asiento y hace gestos de cómo lo proyectaron contra el pavimento y uno de los policías le coloco la bota sobre el cuello, pero debido a que no articula la voz yo sigo sin entenderle nada y aquello me pone intranquilo sin saber qué hacer. Alguien me presta un lapicero y se lo entrego para tomarle los datos y saber quién es. Los escribe en una de las proclamas y me los entrega, entonces logro saber su nombre; se llama Julio A Guzmán Rodríguez conocido como el capitán Hemingway. Yo le doy mi teléfono asegurándole que al otro día recogeríamos su testimonio en un video, pero él sigue queriendo que lo entienda y la impotencia de entenderle me confunde tanto que quien intenta escribirle en el papel soy yo. Él me toma de los hombros y obligándome a que le mire los labios entiendo que me dice: yo no soy sordo. Burlándome por dentro de mi torpeza le digo con una sonrisa: A verdad, tú lo que no hablas.

Me sacan del grupo y me trasladan nuevamente al interior del recinto hasta un cuartico donde suelen efectuar el cacheo. Rodeado de policías me ordenan colocar todo lo que traigo en los bolsillos sobre la mesa, depositó decenas de monedas de 20 centavos, el esbirro de civil se ríe. Luego me colocan de frente a la pared con los brazos en alto y las piernas en esparranca, solo falta que me palpen los testículos y lo que cuelga en el medio. Siento asco que un hombre me este tocando, pero eso no les basta, me ordenan quitarme los zapatos y las medias, pero eso tampoco les basta. Voltea la media al revés- me dice uno- . Esto es ridículo- le dije- ¿ A que le tienen miedo?. Nosotros no tenemos miedo –me contesta el que está detrás de la mesa con ese tono machista propio del cubano que cagado de miedo sigue vociferando que no tiene miedo. No hay uno que diga que se fue a los EEUU porque no tuvo valor para reclamar el derecho y la libertad a la dictadura. Siempre dicen que eso no fue por miedo. Que si tuvieran miedo no se hubiesen lanzado al mar. Mi respuesta es fácil: no es lo mismo ocho o 20 horas de miedo que vivir con miedo o convertido en parias toda la vida, además, la seguridad que después de ese corto tiempo te libraste de la opresión por toda la vida cubre el miedo.
Sé que el registro es un intento de humillación y por unos instantes siento el deseo de negarme y que ellos lo hagan si quieren, pero debo obedecer las autoridades y necesito saber hasta dónde llegan, en algún momento me negare.

Uno por uno los han ido llevando hacia una oficina para tomarnos declaración y levantarnos acta de detención. Algunos no aceptan, alegando que es lo mismo siempre. Una y otra vez en cada ocasión que nos traen arrestados nos entrevistan sobre el arresto, algunas veces levantan un acta de detención intentando justificar la detención arbitraria y obedecer formalmente la ley de procedimiento penal, que no nos señala en su contenido como violadores. Pretenden justificar el arresto atribuyéndolo a un supuesto escándalo público, pero quienes verdaderamente ocasionan el escándalo son ellos y los que el gobierno presiona a las provocaciones represivas, que a pesar de que gritan y golpean nunca son arrestados, porque son ordenados y protegidos por las más altas instancias del poder bajos las órdenes directas del general de ejército y presidente del gobierno de Cuba Raúl Castro Ruz.

Yo siempre acepto la entrevista. Es uno de los momentos en que expongo a los actuantes mi posición y le demuestro su violación y el delito que cometen como agentes del orden actuando basados en la fuerza del poder y no en la razón de la ley, violando los artículos 241 y 244 de la ley de procedimiento penal vigente, además de la DDHH. Cuando les hablo, quedan callados o buscan absurdos argumentos donde prima la estupidez. Saben que cometen una detención arbitraria pero se justifican con el cumplimiento de una orden superior. La orden del castrismo dada después de Fidel haber ascendido al poder por medio de las armas en 1959:“Todo pensador diferente es un enemigo de la revolución y hay que exterminarlo por cualquier medio, cuando no acepten la intimidación, el soborno o la compra, puede emplearse la exclusión social, el destierro, la expulsión del territorio nacional, la tortura física y psicológica, el presidio y hasta el asesinato si es preciso”.
La joven que me atiende es la misma que una ocasión anterior intente explicarle la violación que estaban cometiendo. Nos saludamos como dos viejos conocidos.
¿Que, ya estudiaste la ley de procedimiento penal, encontraste lo que te decía sobre la llamada por teléfono?. -Le digo mientras me siento-
Sí, pero te sigo diciendo que no es obligatorio dejar al detenido que hable él, sino, que nosotros somos los que debemos comunicarles a sus familiares la detención y la situación del detenido.
Te pregunto: ¿y proceden así ustedes? . Queda callada y no responde, solo entorna los ojos. Me percato que no tiene valor para hacer uso de la ley y cumplirla, es como los demás, autómatas sin identidad, ni convicciones, ni dignidad, que solo cumplen orden. Me suavizo, ya ha reconocido una parte que no cumplen
Quizás yo haya interpretado mal y sea como dices, ustedes son los encargados de comunicar la detención. No dice nada más, ni yo tampoco. Termina el acta y se la firmo. De cualquier forma es una evidencia de mi paso por el lugar y si algún día adquieren dignidad e identidad propia quizás se rebelen y cumplan y hagan cumplir la ley.

Las nubes negras se han desplazados y ahora nos cubren arriba. El calor ha disminuido y una brisa fresca con olor a humedad bate desde el sur. Algunas gotas de agua se desprenden de las nubes y comienzan a hacer pequeñas y oscuras manchitas sobre el asfalto. Los guardias reciben la orden de trasladarnos hacia el camión junto con los demás para protegernos de la lluvia. Allí está el anciano menudo de cabello y bigote banco, le han puesto una cura blanca donde le habían arrancado la piel del antebrazo para que no siguiera sangrando. Pido un lapicero y anoto su nombre: Jorge Arrufe Carbonel. Ahora en el camión estamos casi todos. El hombro de Miguel se ha enrojecido como si la sangre estuviese a punto de brotar. Andresito cuenta que uno de los policías le dio un puñetazo en el pecho y El joven Darío que lo estrangularon hasta dejarlo sin conocimiento. A todos les oriento que se están tomando testimonios de los atropellos y son muy importantes sus declaraciones, les indico donde deben presentarse y al barbudo del orificio en el pecho le digo que me contacte, que yo iré con él para testificar sobre su indolente atropello. Liban Moran que está a mi lado también les indica su casa para tomarles testimonios con su cámara y dar la información a algunas agencias noticiosas a las cuales él le sirve de reportero.
Deja de lloviznar y volvemos a los bancos, ya han pasado las 17 horas y del alto mando han recibido la orden de liberarnos, a algunos los llevan en los autos patrullas y los mas vamos en el camión. A la altura del puente del Capri detienen el camión y nos dejan a mí y a Ángel Duvier. El oficial que viene al frente del pelotón me llama a la cabina y me entrega el teléfono, regreso a la parte trasera y grito con todas mis fuerzas: abajo la dictadura. El oficial de la cabina se baja y vuelve atrás buscando de donde había salido el grito. Le miro al rostro y le digo: yo fui quien grito. Los del camión se quedaron mirando, quizás en la mente de alguno circulara la idea de agredirme y solo esperaba la orden para lanzarse sobre mí, pero no lo hicieron, ahora no estaba esposado ni tampoco tenía porque ser dócil. El oficial al mando no dio la orden y tampoco lo hizo, regreso a su puesto en la cabina. Ángel Duvier me alentaba a irnos, no creo que por miedo pero no le agrado mi reacción. Comprendí que ya no solo busco enfrentar a estos poco hombres, sino provocarlos y que comprendan que hay hombres con pocos miedos y muy difíciles de intimidar.
Bajamos el puente y subimos a un ómnibus hasta el entronque de la Cujae, de allí seguimos caminado hasta la casa de mi hermana. Encuentro las niñas cuidadas por su hermano y me preguntan por su madre, ellas ya saben bien lo que le hacen.
No se mis amores, pronto regresara – le digo-. Unos minutos después mi hermana llama, la dejaron en el puente de 100 y viene caminando. Cuando llega le pregunto cómo las trataron.
Me enseña las marcas de las esposas en las manos y me cuenta que estuvo mal, la presión le subió y la doctora tuvo que suministrarle medicamentos. Ni aun así la esbirra uniformada me quería quitar las esposas, la doctora tuvo que ponerse fuerte y obligarla amenazándola que si no tenía que sacarme del lugar. A Tamara la golpearon fuertemente, a otras más leve. No nos quitaron las esposas durante todo el tiempo, fueron varias horas de tortura.
El fiscal se retorció como una serpiente, eructo y unos gusanos enormes cayeron sobre la mesa. Unos de los abogados defensores se saco un ojo y lo lanzo contra el cadáver. La madre lo atrapo en el aire, lo convirtió en rosa y lo deposito en la balanza. Los perros entraron a la sala y se comieron a un niño que lamia el piso. Finalizo esta etapa con la justicia escondida detrás de la puerta.
Final de una página más de mi obra maestra “Soy Bloguer, he resucitado”.

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