La caravana del terror. Aquí nadie se calla.

Desde fuera se escucha una orden: traigan el camión y hagan un cordón, rodéenlos. De pronto, me da la impresión que estamos siendo actores de un filme de acción, y nosotros hacemos el papel de padrinos mafiosos muy peligrosos, dispuestos a escapar en cuanto llegue el resto de la mafia a rescatarnos.
Abren la puerta e intentan esposar a Rodiles que se encuentra en el piso; el hombre protesta, pues si lo esposan la única forma de bajarlo es arrastrándolo ya que no se puede ayudar con las manos para pararse. Al fin se percatan de la torpeza y lo dejan bajar, entonces varios uniformados le caen encima para esposarlo, al ver que le quieren lastimar las manos Rodiles se resiste, pero otros más se le agregan al grupo tras la orden de: redúzcanlo a la fuerza. Los esfuerzos de la victima son infructuosos, tiene más de diez uniformados actuando a su alrededor. Al fin le atrincan las esposas y se lo llevan al camión.
La comparsa con sus enardecidos gritos se ha ido acercando peligrosamente. El hombre del cartel que supone que las Damas de Blanco le han devorado su hijo en un rito antropófago debe estar allí también, si no recupero la razón con mi grito.
Me sacan de tercero. Tres policías uniformados se prenden de mi como si yo fuera un gladiador romano, uno por cada brazo y el tercero me empuja suavemente por la espalda con una de sus manos colocada en mi cuello. Así me suben al camión. Ahora pienso que el filme ha dejado de ser de acción para convertirse en una ridícula comedia.
A mi lado izquierdo tengo a Miguel Borroto, a mi derecha a Silva y al frente las espaldas de Pavel, Rodiles y el flaco narizón que ya en una ocasión tuvieron que llevar al hospital bien estropeado por los golpes de los matones de civil y uniformados. Rodiles me indica que no grite, porque pueden golpearnos a todos por mi causa, pero cuando una voz femenina grita desde fuera: hijos de puta y veo una cámara enfocada hacia dentro del camión no me puedo contener, me paro y grito: abajo la dictadura. Los uniformados que están dentro del camión me miran y nuevamente me preparo para recibir golpes, pero nadie me levanta la mano.
El vehículo se pone en marcha con un ruido espantoso. Tiene el múltiple de escape perforado y el silenciador no le funciona. El joven que esta al timón desata todo su ímpetu juvenil en acelerones, detenciones bruscas y maniobras persecutorias. Las esposas atrincadas hacen su labor de verdugos. Silva le pide al uniformado a su lado que se las afloje, el negrito no le hace caso.
El camión se ha quedado rezagado de la caravana solo con un agente de la policía motorizada de transito que va delante despejando la vía. Nadie habla. Solo se escucha el ruidoso motor acelerando y desacelerando y dentro de la estridencia suena el timbre de mi teléfono que por suerte la bulla del motor lo adsorbe y ninguno de los policías se percata. Mi mirada se posa en los brazos de Pavel donde las esposas se han ido encarnando dejando en sus manos parte de la sangre que debe regresar nuevamente al corazón. Voy buscando con los mis ojos, los de cada policía, ninguno me sostiene la mirada, pero en los cruces voy descubriendo en alguno rabia y prepotencia, en otro asombro e indiferencia como si no comprendieran nada de lo que sucede, los del blanquito que esta frente a mi me dicen claramente que está arrepentido de lo que está haciendo, pero que se ha resignado.
Nos bajan. Primero los que están sentados delante, luego a mí. Varios policías me ayudan a bajar y uno me introduce la mano entre los brazos esposados y el hombro, aplicando una de sus técnicas de luxación para evitar que escape. Estoy dentro del espacio de una cárcel cerrada, desarmado, esposado y rodeado de decenas de policías, sin la menor intención de fugarme, pero el filme debe impresionar al espectador. El brazo del inexperto joven queda en desventaja, puedo causarle dolor con solo dejar caer mi cuerpo, pero es casi un adolescente y no quiero causarle daño a nadie, además, el combate me gusta cuando el contrario no está en desventaja y es superior a mi varias veces. Así me conduce dentro del recinto.
Nos dejan en el cuartico de siempre, custodiado por policías. Quizás seamos unos quince, sigo siendo pésimo para recordar números y nombres. Víctor Marcos, que es uno de los últimos que traen tiene que permanecer de pie. Al cabo de unos minutos se persona un oficial portando una carpeta, usa ropa de verde olivo con tres V en la hombreras. Haciéndose el respetuoso hace un pase de revista con la vista, saluda con unas buenas tarde y pide respeto y disciplina. Lo miro de reojo respondiendo a su burla: Buenas tardes.
Si alguien allí está faltando el respeto es el con ese pedido cínico e irónico que nadie obedece porque significa sumisión y de los que estamos allí nadie es un sumiso. No faltamos el respeto, ni nos indisciplinamos porque somos personas decentes pero en el momento preciso no acatamos ordenes de nadie. Borroto y Silva protestan porque no nos han quitado las esposas que están lacerando la piel. Si ya estamos aquí- dice Silva- para que son necesarias las esposas. El capitán se hace el chistoso congraciándose con porte autoritario y dice: A su debido tiempo se las quitaremos, cálmense. Esta respuesta cargada de vileza motiva que Borroto se altere y exija la acción inmediata de una forma brusca, amenazando con la indisciplina que no quiere el capitán verdón, la protesta aumenta y se sube de tono. Aparece otro verdón sin grados y otros policías. El anciano Guillermo García exclama. ¡Debía darles vergüenza traer a un viejo esposado!. Un insolente represor le responde: no te metas en esto para que no te esposen. Tengo deseos de contestarle pero creo que en este momento no vale la pena.
Se dan cuenta que las cosas se pueden complicar y acceden al pedido y comienzan a zafar las ataduras, pero están tan apretadas que se ven en la necesidad de cortarlas con una cuchilla, por supuesto, propiedad de alguno de ellos, no de nosotros. Las manos de Miguel sangran, las mías esta vez no sufrieron tanto, solo una muestra surcos rojos en la piel. Las de Pavel, bien marcadas por la cinta plástica recobran la circulación cuando se las frota y el color violáceo vuelve a ser sustituido por el rosa característico.
Se llevan a Silva, luego a Pavel y después a mí. Viene el registro. Voy decidido a no quitarme los zapatos ni las medias aunque me maten a golpes. Gracias a Dios me recuestan de frente a la pared, me suben los brazos, me palpan el cuerpo y no pasa nada más. Me conducen a un salón más amplio, en el mismo que la primera vez que estuvimos un grupo de nosotros nos dieron el aseo personal antes de llevarnos al pabellón calabozo. El capitán verdón entra y pregunta si alguien necesita ser atendido por un doctor. Es el reglamento, a él le importa un carajo la salud de alguno de nosotros, estoy casi seguro que le gustaría una respuesta afirmativa, pero se queda con el ansia.
Cuento todo esto pero sé que es insignificante con lo que sufrieron los prisioneros políticos en el pasado, quizás quiera saldar una deuda imposible por la vergüenza de haber defendido de todo corazón esta infernal revolución, creo que también fui participe de las tapiadas. Creo que fui también uno de los tantos carceleros invisibles que maltrato a Huber Matos, a Valladares, a Chanes de Armas, y a tantos otros que por tener dignidad Fidel Castro y su partida de cuatreros le convirtieron la vida en un infierno, no los conocía, pero eso no basta.
Nos sacan de la habitación y nos llevan al parquecito. Silva está enfrascado en una discusión con un policía uniformado que lo amenazó con pegarle una patada en el pecho. Tú no tienes para eso- le dice Silva- quítate el uniforme y vamos para donde quieras a ver si en verdad eres tan hombre, te voy a demostrar lo que es un hombre. Si me das una patada aquí, ahora, me van a tener que matar. Rodiles, sentado al lado de Silva trata de calmarlo. Otros uniformados se alejan con el golpista.
La mayor parte de estos policías son jóvenes del servicio militar obligatorio, incultos políticamente, muchos son de las provincias orientales marginados por el sistema y sin ninguna vocación hacia el orden social y el respeto por la sociedad, mucho menos por los individuos. El nivel de dignidad es mínimo y debido a las necesidades y la poca sabiduría son fácilmente vulnerables a la manipulación por parte del poder que los utiliza sin escrúpulos como tropa de choque en problemas políticos, de este tipo de jóvenes, se nutrieron las campañas internacionalistas violentas dirigidas por Fidel Castro. Las generaciones de jóvenes cubanos siempre han sido la más indefensa victima de la tiranía castrista, por salirse del circulo de la enajenación social, principalmente los de las provincias se hacen policías y arremeten contra quien se les ordene, otros se tiran al mar lo mismo en una tabla que en una palangana. Van a matar o a curar un esquimal o un caníbal en lo más céntrico de la amazonia, todos con la esperanza de escapar del infernal suplicio del castrismo.
A estos jóvenes, antes de salir a atacarnos quizás le hayan dicho sobre nosotros todo lo peor que se le puede atribuir a una persona, con órdenes precisas de no tener ni mostrar compasión, su actuar no puede tener otra explicación lógica.

Un sicario con varios uniformados viene y se lleva a Silva para dentro del inmueble
Me quedo extasiado mirando un grupo de uniformados arremeter sin consideración sobre una mata de mango en el patio de la unidad. Los frutos están verdes y tiernos, pero eso no importa, los muerden con deseos, tienen hambre- supongo- o falta de vergüenza y respeto. Saco como conclusión que las dos cosas. Si pudiera traerles- me digo- los que recogía en mi arboleda cuando los agentes uniformados y de civil se personaron buscándome para arrestarme, o enviarlos haya y que disfruten de los frutos, me sentiría complacido, pero aunque se lo comunique, sus jefes no lo permitirían: yo soy un terrorista y de un terrorista no se aceptan actos de bondad.
Traen para los bancos al joven Rubén Darío y comienza a contar su odisea. En el asiento situado al frente donde estaba Silva se sienta uno de los verdones, a mi derecha en uno de los bancos está sentado un negro joven y espigado uniformado de azul, mientras cerca de una docena permanecen a nuestro alrededor. El negro alto y espigado intenta callar a Darío. La sangre se me sube al cuello y tengo que repetir el discurso de otras veces.
No, te equivocas, no tienes autoridad para callarnos, no obedecemos ordenes, aquí habla el que quiera y ustedes los policías uniformados están para cumplir y hacer cumplir la ley, ahora están violando el articulo 241 y 244 de la Ley de Procedimiento Penal. Todos los que hemos sido arrestados somos personas decentes y hacemos uso de nuestro derecho, ese es el delito cometido que no está previsto en ninguna ley del país, excepto la del poder de la fuerza ausente de la justicia. Somos personas cubanas dentro de Cuba que al igual que ustedes nos afecta el sistema y queremos cambiarlo. No hay ningún derecho a que por pensar y actuar diferente, exigiendo nuestros derechos que por condición humana nos pertenece, seamos reprendidos y arrestados violentamente. No queremos más discriminación por motivos políticos ni de ningún tipo. Les parece bien una ley discriminatoria de emigración dentro de la isla, les parece bien que a ustedes mismos, los que son del interior, después que terminan su servicio militar no estén autorizados a circular libremente por su país y puedan ser detenidos en cualquier parte de la ciudad y exportados hacia su provincia. La condición humana nos da el derecho de vivir y establecer nuestra residencia donde mejor nos desenvolvamos y prosperemos.
El capitán de verde se acerca y se dirige a mí en tono autoritario. Por favor. No lo deje terminar la frase. No, ni él se va a callar ni yo tampoco- le conteste mirándole fijo al rostro-.
Rodiles intenta sugerirme que pare sin percatarse de la firmeza con que tomo decisiones, la mayor parte de las veces irrevocables. No le acepto su señalamiento. Las ordenes que yo cumplo solo vienen de lo alto. Sigue hablando Darío.
El capitán con el letrero del ministerio del interior sobre el bolsillo de la camisa, cambia el tono autoritario por uno de resignación y me pide que hable bajo que en las oficinas que están cerca de nosotros están trabajando y puedo molestar. Correcto- le conteste-. Sigue hablando Darío, aquí nadie se calla – masculle con la mirada saltando del rostro del capitán al del espigado negro-. Se me olvido lo que hablaba -dice Darío- . Bueno entonces sigo yo, pero no me dejan seguir, ya el amigo de (el jefe de la prensa) me está llamando para que lo siga. Ahora me conduce hacia donde están los pabellones calabozos. La cosa se pone fea-me digo-, parece que van a intentar callarme de verdad, vamos a ver si son capaces de lograrlo estando vivo. (continua)

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3 respuestas a La caravana del terror. Aquí nadie se calla.

  1. Adri Bosch dijo:

    Una frase mía que viene como anillo… Los valientes no necesitan tener nombre solo imitarlos !

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