La caravana del terror. Puedo morir en el próximo minuto sin arrepentirme de lo que he vivido.

Crucé el puente nuevo cerrado nuevamente al tráfico por desperfectos de construcción. Solo tiene unos 50 metros de largo pero se han tardado varios años en fabricarlo. Entre negligencias irresponsables, robo de materiales, incapacidades técnicas y directivas revolucionarias la obra parece no servir después de terminada. La pequeña corriente liquida por debajo, refleja cientos de marginados soles en la superficie del agua. Es el fruto de la revolución- me digo- mientras llego al final del pasadero y atravieso el pueblo de Calabazar.
Me quito el pullover y me lanzo a correr atravesando el trecho de campo que tanto me gusta. Es aproximadamente un km hasta mi tinajón cuadrado. Los años me sofocan, pero no como para ser viejo. Me cambio de ropa y sigo haciendo ejercicios, es la única forma de sofocar los años.
Termino y regojo los mangos que acopiaba por la mañana cuando me sorprendieron los represores, siempre pensando en aquellos policías que arremetían contra la matica en el patio de la cárcel. Me gustaría verlos a todos debajo de mi arboleda comiendo de los mangos maduros. (No se asombren, quizás lo vean como una tontería, pero no soy hipócrita, me gusta compartir mi riqueza, no he podido ser diferente, tampoco lo he intentado, me gusta ser como soy).
Lleno dos cubetas y salgo al barrio a venderlos o regalarlos. Una vecina me los compra. Le pido 15 o 20 pesos. Es compadecida y justa. Me da treinta. Son treinta ómnibus de a peso o setenta de a cuarenta centavos a los que puedo subir para continuar haciendo mi trabajo de contrarrevolucionario, mercenario al servicio de una potencia extranjera (Cuba) y terrorista. Los vecinos del barrio me piden que les cuente la aventura. Los que me avisaron la primera vez me dicen que no volvieron porque los policías estaban a la entrada. Nada- les digo- llegue al lugar, hice lo debido y después me llevaron hasta la cárcel del VIVAD, y aquí estoy esperando el próximo arresto. Se ríen.
La tarde ya agoniza, el sol enrojecido se disculpa por haber abrazado tan cálidamente a la tierra. Tengo hambre, se me había olvidado que no había desayunado ni almorzado, me como varios mangos, me baño y voy a casa de mi primo y como. Recojo mi más poderosa arma de destrucción masiva: el lanzacohetes atómico que me califica como peligroso terrorista, regreso y lo coloco sobre la mesa y comienzo a escribir esta crónica, una página más de mi obra maestra: Soy Bloguer, he resucitado.
Antes de acostarme le oro a Dios por su misericordia sobre mí, sobre Cuba y sobre todos los seres humanos. En la oscuridad uno de los insectos que le mana luz verde del vientre hace laberinticos filigranas, el ratón corre por el techo. Afuera las ranas cantan enamoradas. Puedo morir en el próximo minuto sin arrepentirme de lo que he vivido.

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