A- La caravana del terror. Domingo 12 julio 2015.

Despierto a la hora de siempre, pero no me levanto, decido esperar que la mañana avance para no estar tanto tiempo en riesgo. He soñado con mi ex esposa, cuando abrí los ojos y tuve conciencia la melancolía se hizo un vacio asustado dentro del pecho. Tuve la impresión de que la había perdido ahora, en este instante en que despertaba, sin embargo esta verdad estaba asumida conscientemente desde muchos años antes. Pero son sueños inverosímiles, llenos del rezago del pasado o de fantasías del presente, fuera del la lógica del raciocinio. Ahora es la realidad del momento lo que importa y la realidad es que estoy levantándome en casa de Arabel, donde he dormido escondido de las fuerzas represivas para intentar llegar al parque Gandhi sin ser atrapado. Me hecho agua en el rostro para limpiar los residuos de la noche y lanzar la nostalgia hacia los laberintos por donde corren las aguas albañales de la ciudad; no hay tiempo para añoranzas y romanticismo platónicos; es domingo; el día mas patriótico, rebelde y digno que le ha quedado a mi querida Cuba. De cualquier forma el estado de persecución atrapa casi la totalidad de las demás sensaciones y las convierte en adrenalina o miedo. Pienso que el miedo tiene muchos rostros y formas de manifestarse, la peor creo que sea la escénica o por lo menos lo ha sido para mí y aun no la he vencido, me sigue haciendo más daño que la dictadura, en el monte me siento capaz de enfrentar a un batallón de policías aun a sabiendas que me van a cazar a tiros, no me causaría ni el más mínimo deseo de rehuir el enfrentamiento, sin embargo, este desafío público me dan deseos de correr en sentido contrario y escapar de toda esta algarabía poco racional. A veces tengo que hacer un gran esfuerzo para llegar porque se me aflojan las piernas tanto que parece que me voy a desmayar, pero eso es hasta que veo algún represor y comienza la lucha. Cuando eso sucede todo cambia y se revierte, entonces una fuerza interior incontenible invade todo mi cuerpo. Sin embargo no me parece que esto sea un miedo real, lo he sufrido todas las veces que he abordado a una mujer, la primera palabra son originadas por el temblor, las demás por el fervor, quizás ese sea el motivo más concretó por lo que este tan solo hoy. No creo que nadie cuando me ve actuar se le ocurriera pensar en esta tan fuerte lucha interior que he tenido que enfrentar durante toda mi existencia. La primera vez que pude pararme en el pulpito frente a mis hermanos cristianos fue algo terrible. Si Dios no me hubiese sostenido hubiese caído. Pero paso y Dios siguió y sigue sosteniéndome.
Despierto a Arabel para que salga y observe si hay algún operativo policial en los alrededores, aunque no tienen porque hacerlo. Ni tan siquiera he dejado encendido mi celular para evitar ser localizado. Se levanta y va al exterior, en unos minutos regresa y me comunica que todo está tranquilo. Salgo a la calle pero decido caminar en sentido contrario a la avenida para evitar ser visto por algún ojo maligno. Esta es una zona plagada de negocios ilícitos, o mejor no utilizar la palabra negocios ilícitos, el gobierno los conoce y los permite. Es todo muy enredado y difícil de explicar. La policía de la zona está bien controlada mediante el soborno, pero cuando la de otro lugar se desplaza, puede haber conflictos y gastos extras. La Gestapo Castrista toma el mando de la policía y envía sus efectivos nacionales, o sea, no son ni conocidos ni operan en el lugar, esto molesta a los traficantes, ladrones y malversadores y les impide por ese tiempo de los operativos mover con libertad sus productos, en muchas ocasiones se les escucha decir: esta gente de los Derechos Humanos ponen malo el ambiente.
El sol de las 09 ya es fuerte, camino de frente a el buscando los remansos de sombra de los árboles para evitar la molestia en los ojos. Hay poco trafico de autos y transeúntes. Los domingos son días de dormir un poco más de lo acostumbrado, unos descansando del diario madrugar para el trabajo o la escuela, otros por trasnochar la noche de juerga del sábado. Atravieso el barrio donde vive Ángel Duvier, pero evito cruzar frente a su casa por temor a que haya algún auto policial en su búsqueda y me detenga. Cruzo el puentecito nuevo por la calle que sale cerca del Hospital Nacional y me detengo en una de las reformas Raulistas a tomarme un jugo y un pan con queso, eso bastara para no hacer sufrir tanto al estómago hasta la hora que sea liberado. Camino ahora por la cerca que bordea el hospital. Como si fuera la luz del amanecer o la caída de la tarde, la lluvia, el volcán o el terremoto que nadie puede detener se vuelca sobre mi alma el pasado. El ultimo ingreso de mi madre en aquel hospital. La noche antes de morir sacándola sin el acta medica para que muriera en paz junto a su familia, presentí, que como eso lo quisiera para mí el ultimo día en que la muerte me atrape -no morir encerrado en la sala de un hospital-, ella también tenía esa necesidad.. Quizás ya quería verla libre de los martirios de este mundo. No la podía atender como era debido, tampoco tenía ni recursos ni condiciones. Sufría ella las necesidades de la miseria, yo la impotencia de poder hacer muy poco. La sacrificaba por la lucha por la libertad y el derecho, no era capaz de hacerlo de otra forma porque entonces tenía que asumir la no existencia propia. Espere abajo sentado al timón del auto de mi amigo Reinaldo. Cuando la bajamos de la camilla hacia el auto el corazón se me partía, claro, no más que ahora con el deseo de tocarles los cabellos y darle un beso.
Una señora cruza a mi lado quejándose del mal trato dado a su madre en el hospital donde la retuvieron por varias horas sin prestarle el servicio adecuado. Pienso que si los represores sintieran por un momento mis sufrimientos comprenderían que mi batalla es muy superior a su poder, que nunca mientras este amor y de esta forma sin esperar recompensa alimente mi espíritu toda su fuerza tienen menos poder que la flor de la ceiba cuando se desprende del gigantesco árbol y es arrastrada por el viento hacia un lugar indefinido. Dejo atrás el hospital, pero no los recuerdos de mi madre porque siento la necesidad de disfrutar este dolor. Puede que no la haya comprendido, ni ella a mí, pero me amo con devoción y yo a ella también. Tristemente quedaron ausentes muchas caricias de ambas partes, yo las sigo esperando y ella tal vez también, hoy le envió una.

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