E- La caravana del terror. Encadenado.

Ya han llegado decenas de patrullas, detrás de nosotros se detiene un carro jaula, nos empujan hacia el un grupo de uniformados y de agentes de la Gestapo. Un guardia vestido de verde olivo con la identificación del Ministerio del Interior en letras negras sobre el bolsillo derecho de la camisa se hace cargo de nosotros. Es un mestizo de unos 50 a 55 años, su rostro da la impresión de respeto, tiene en las manos unas esposas con cadenas niqueladas que brillan bajo la luz del sol. Separa al gigante que sigue imprecando a Marcelino y aparta también a los que nos están maltratando. Me toma de las manos, y suavemente, demostrando profesionalidad me coloca una esposa en cada mano rodeándome la cadena por la cintura. Por un instante recuerdo en una película de acción donde trasladaban de esta forma a un reo muy peligroso. Para mi, resulta aquello ridículo, para el militar que me está esposando estoy seguro que también. Se ve en la necesidad de volver a apartar los sicarios. Lo hace con autoridad mostrando un gran dominio de su trabajo obedeciendo la ley. Me suben y me vuelven a bajar, me quitan una de las esposas y se la colocan en la mano de un mulato vestido de musulmán. Nos suben y el queda sentado a mi lado. Los asientos están todos ocupados pero aun así suben a Claudio antes de cerrar la puerta. Afuera sigue la algarabía, por encima de las ordenes y los ruidos se escucha las voces de las valientes luchadoras “libertad”. Por mucho que intente recordar detalles no lo logro, soy un actor mas y estoy sintiendo cada momento no como el escritor sino como el protagonista, las emociones provocan olvidos.
Permanecemos detenidos unos minutos. De afuera siguen escuchándose gritos mas disminuidos e interrumpidos ahora por las alarmas de las patrullas anunciando la puesta en marcha de la caravana. Una violenta sacudida del vehículo y nos movemos con un destino marcado por la historia como una barbarie. No solo las masacres que se le hacen a los pueblos destrozando cuerpos y derramando sangre son atroces, también lo son, las que los sumergen en el oscuro abismo de la miseria espiritual de la enajenación y la falta de identidad, las que los obligan a vivir aterrorizados, estas son peores porque los conducen a la muerte eterna. La caravana del terror que desde que Obama inicio el cambio de política con respecto a Cuba atraviesa cada domingo la ciudad es una de las peores involuciones de comienzo del siglo XXI.
El primer giro del vehículo es violento, pero esta vez no siento la tortura de las esposas, el brazo izquierdo lo tengo libre y el derecho aunque encadenado al musulmán también esta liberado del dolor. Sin embargo el cuello y la mandíbula comienzan a dolerme, el apretón del sicario me afecto la articulación mandibular derecha, toda la musculatura del cuello, la glotis y las tráqueas hasta que penetra en el diafragma. Siento también una molestia acalambrada cuando tuerzo el cuello a la izquierda similar a una lesión cervical sufrida en un combate con un luchador en los años de marino por la cual tuve que asistir a 15 sesiones de terapia. Miro hacia fuera a través de los orificios de la rejilla. Decenas de patrullas se mueven delante y detrás. Saco el pasquín que me ha quedado en el bolsillo con el rostro de Borges. Me gustaría lanzarlo a la calle -le digo a Claudio-. Él lo toma y lo hace un rollito, lo introduce por un orificio en el piso y el papel sale al exterior. En cada ocasión que se aproxima un ómnibus o detectamos una acumulación de público, gritamos nuestras protestas: abajo la dictadura, fuera los castros del poder, vivan los derechos humanos. Los represores no dan tiempo a la reacción del pueblo, aceleran lo mas que pueden los motores.
El tiempo de recorrido de esta parte de la caravana es corto, unos 30 minutos, la otra parte donde van las Damas hacia Tarara es más largo, más tiempo de tortura con las esposas.
Llegamos y abren la puerta. Estamos rodeados de policías uniformados que parecen perros entrenados, esperando solo la orden para lanzase contra nosotros. Bajan a Claudio, luego a otro de los arrestados y después a mi encadenado con el musulmán. El de verde olivo que me esposo nos trata con respeto y seriedad, nos quita las esposas con delicadeza y nos entrega a los policías. Estos no pierden tiempo y nos colocan las de ellos apretadas a cortarnos la piel. Uno de los esbirros pregunta si tenemos teléfonos, creo que nunca he tenido el valor suficiente para mentir; si tengo- contesto- en el bolsillo, sácalo. No sácalo tu- dice-. Si me sueltan las manos- le digo-. Me dejan las manos libres, extraigo el teléfono y se lo entrego. Haz grabado algo- me pregunta- no da tiempo a la respuesta y el mismo se responde: no importa nosotros borramos todo.
Nos introducen en el cuartico de costumbre donde solo estamos unos minutos hasta que llega un oficial negro vestido de verde olivo, con las letras negras del ministerio del interior sobre el bolsillo y dos estrellas del mismo color en la solapa. Debajo del bolsillo izquierdo de la camisa se destacan una serie de condecoraciones e insignias militares que no entiendo. Se nota el efecto que hace sobre todos la presencia de este oficial. Percibo fácilmente que el jefe de siempre hace su tarea pero sintiéndose observado y subordinado. Dejan algunos en el cuartico y los demás nos pasan al parquecito. El policía me introduce el brazo por dentro del codo y me coloca una llave de hombros, esta acción me molesta y le aprieto la mano dejándome un poco que caer el cuerpo. El protesta, y me dice que no me resista. No me aprietes- le contesto- tu no ves que estoy esposado.

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