G– La caravana del terror. Superior a mi ningún hombre.

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Un uniformado me viene a buscar, ahora me trata como un ser humano, ni me coloca esposas ni aplica técnicas de luxación para trasladarme dentro del local, penetro en la oficina de otras veces. Detrás de una mesita se encuentra un joven vestido de civil, padece un mal profundo de la vista porque en los cristales de sus espejuelos se aprecia bastante aumento. Los dos guardias que están detrás de mí con un oficial vestido de civil de la Gestapo Castrista me piden que deposite sobre la mesa todo lo que traigo encima. Saco del bolsillo derecho las decenas de monedas de veinte centavos que me hacen sentir seguro para transitar la ciudad haciendo mi trabajo de terrorista y contrarrevolucionario al servicio de mi Cuba; una potencia extranjera que me convierte en mercenario. Del bolsillo trasero extraigo la carterita con el carnet y algunos pesos en papel moneda, todo, con el pañuelo lo deposito delante del escribiente. Los militares me piden que me coloque frente a la pared con las piernas abiertas, uno de ellos me cachea minuciosamente mientras el otro observa, termina, y me piden que me siente y recoja las peligrosas granadas que hay sobre la mesa. El sirviente del poder traslada varias actas a hojas en blanco, se tarda para hacer la mía. Cada cierto tiempo otro miembro de la Gestapo se asoma a la puerta y se retira. Después de media hora, toma mi carnet y escribe mis datos sobre el papel. Me pregunta si soy desocupado. No –le contesto- soy periodista independiente. Si pero eso no es legal. Correcto, póngame que realizo un trabajo ilegal- le digo en tono burlón-. Lo que escriba no determina sobre lo que hago y quien soy, pero como se que ninguno tiene el valor para salirse del adoctrinamiento programado por el poder y escribir lo real, me place utilizar el sarcasmo que disfruto como venganza.
No protesto por el tiempo, allí estoy más cómodo que afuera y de todas formas el liberarme no depende de ellos, ni de mí, sino de las instancias superiores del gobierno, atendidas directamente por el presidente Raúl Castro Ruz y sus adeptos servidores incondicionales a las mieles del poder.
Termina y hace como para guárdala, pero le interrumpo el movimiento diciéndole que no me ha dejado verla. ¿La vas a firmar?- me dice- . si has puesto lo debido, si.
Me entrega el acta y la leo. Como había previsto no se atrevió a poner mi ocupación, pero se la firme como constancia que estuve allí como consecuencia de la violación de la ley precisamente por las instituciones cuya obligación bajo juramento es hacerla cumplir imparcialmente.
Me sacan y me devuelven al parquecito, ya no quedan arrestados, pocas patrullas y menos uniformados. El oficial de las dos estrellas negras está sentado en uno de los bancos, me siento delante de él y lo miro fijo, los dos estamos usando gafas negras pero ambos sabemos que nos estamos mirando y haciéndonos preguntas que no tienen respuesta hasta que un día de forma diferente nos sentemos así, de frente, pero de cubano a cubano, de igual a igual, ejerciendo los mismos derechos, sin represión ni discriminación, respetando el pensamiento diferente que por condición humana nos corresponde y debe ser la prioridad de cualquier sistema que se respete así mismo y no sea una dictadura. Mientras lo miraba buscaba en mi mente un tema que no fuera drástico y me permitiera cruzar algunas palabras con él. En esos momentos llega el anciano de 67 años Guillermo García con los brazos magullados y manchados de sangre por el efecto de las esposas y los maltratos de los policías. Se sienta en el asiento contiguo al oficial, me traslado hacia allí y le pregunto al oficial si eso es un trato humano, si es correcto maltratar a hombres pacíficos por el sencillo hecho de reclamar lo que como derecho le corresponde. El oficial mueve la cabeza de un lado a otro, mira las manos de Guillermo y dice: “en los cuarenta años que llevo como miembro de la Seguridad del Estado, jamás he hecho eso a un hombre”.
No sé si sintió vergüenza o fue tan hipócrita como la mayor parte de los castrodomunistas. Yo le creí, y pensé que cuando el saliera de allí iba a reclamar justicia o a desprenderse de sus estrellitas negras. Siempre creo en ese minuto que tiene todo hombre para recuperar su dignidad. Aunque pudiera resultar como en la parábola bíblica del rico.
Y Jesús oído esto, le dijo: Aun una cosa te falta: todo lo que tienes, véndelo, y dálo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme. Entonces él, oídas estas cosas, se entristeció sobre manera, porque era muy rico. Y viendo Jesús que se había entristecido mucho, dijo: ¡Cuán dificultosamente entrarán en el reino de Dios, los que tienen riquezas! Porque más fácil cosa es entrar un camello por un ojo de una aguja, que un rico entrar en el reino de Dios.Y los que lo oían, dijeron: ¿Y quién podrá ser salvo? Luk 18: 22 26
Y cual difícil resultara que un oficial de la Seguridad del Estado cubana arriesgue su estatus por defender la justicia. Sin embargo, a pesar de todo sigo creyendo en el arrepentimiento moral de este aunque no tenga el valor para enfrentar la verdad. Desde la oficina que está a unos metros del parquecito se escucha una voz que dice: deje eso, esa mujer tiene tremendo valor. Se referían con toda seguridad a Tamara, en el lugar un grupo de uniformados conversaban. Si detectaban ese reconocimiento de la verdad estaría en problemas.
Ya todos se han ido. El jefe de siempre viene y se dirige a mí y a Guillermo, me entrega el teléfono y nos lleva hacia una de las patrullas.
Ya confías en mí que me entregas el teléfono antes de ser liberado -le señalo con jocosidad pero con intención-. Me lo recoge sonriendo y con muy pocos deseos, y me dice: son problemas del procedimiento.
Pienso que este hombre si no fuera por el compromiso creado y la dependencia del sistema para su existencia no realizara este trabajo, pero para él, una nueva elección por la justicia seria como elegir el suicidio; pobre hombre, – me digo- que le contara a sus hijos y nietos cuando le pregunten sobre su trabajo, será capaz de relatarle con veracidad los hechos o hará como millones de padres cubanos hoy que engañan a sus hijos indolentemente, traicionando lo más sublime de la existencia humano: la inocencia infantil y el difícil proceso de la adolescencia, algo demasiado cruel para ser perdonable.
El auto al cual subimos no tiene el cristal divisorio de seguridad y los uniformados que lo conducen no se comportan como represores. A la salida de la cárcel vemos a Alexis y Luis que nos hace señales con la mano. El conductor pregunta que quienes son. Activistas amigos – le contesto- .Mi teléfono suena y el copiloto me lo alcanza sin ningún prejuicio. Es Alexis que me ha llamado al verme salir. Decido no hablar y lo guardo en el bolsillo. Comento algo con Guillermo sobre la actitud que deben asumir los uniformados con respecto al cumplimiento de la ley, siempre recalcando que el hecho de pensar diferente no nos hace enemigo de ningún cubano, todo, con la doble intención de que los muchachos escuchen, sabemos ciertamente que ellos como la mayoría del pueblo de Cuba están desinformados y engañados en cuanto a nosotros y los objetivos del gobierno que no han sido nunca los de colocar en primer lugar y antes que el poder el progreso de la nación. Escuchar no les hará abandonar las filas de la policía porque de ella depende su sustento, pero si muchos reconsideraran la forma de tratarnos y pienso que optaran por un comportamiento más respetuoso y menos agresivo.
Nos quedamos a la entrada del puente del Capri. Guillermo se va a un kiosco a comprar cigarros, yo me voy hacia la sombra de un árbol revisando el teléfono, buscando las grabaciones, no encuentro ninguna. El furor me enciende el pecho. En momentos así la vida me es insignificante, entonces creo que siento miedo y le pido a Dios que no me abandone y me colme de paciencia para resistir y no estallar. Superior a mi ningún hombre, ningún ejercito, ningún estado, ningún poder, es mejor la muerte: no les voy a entregar más el teléfono.

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