27-abril-2014-domingo. Contra mis derechos, ni la cárcel ni la muerte.

Cruzo la calle y del otro lado me volteo, extraigo la cámara y dejo plasmada en una imagen fija un instante de un laberinto histórico donde existo marcando un rumbo fijo: La Libertad, una única ambición late en cada célula de mi cuerpo, ser yo, y seguir siendo yo y libre hasta el último día, un derecho que ningún hombre sobre la tierra me puede arrebatar, porque es una concesión divina.
El sofocante sol hace hervir el pavimento y quema la piel como si la gran masa ardiente se hubiese acercado a este pedazo de tierra a contemplar con asombro la adsorción del talento por la mediocridad de lo inerte. Solo paredes y barrotes hacen la diferencia entre hombre y animal, entre un ser humano y el mismo ser que después de cruzar esa frontera irracional, deja de ser humano y es convertido sin ninguna razón justificable en un desperdicio del poder ejercido por una tiranía.
Pregunto la hora a una sombra con figura de mujer que circula por la tarde indiferente a su destino marcado por intervalos de lucidez: las 3 y 15,- responde-, como si sus últimas fuerzas se hubiesen agotado en el esfuerzo de la locución. Han transcurrido casi ocho horas desde que el coronel con sus ojillos de verdugo y rostro de zorro domesticado profirió su estúpida amenaza del encierro.
La ultima ingestión de comida y agua la había efectuado el día anterior cuando la noche ya se cernía sobre esta ciudad maldita y alejada de Dios. Sin embargo, no sentía hambre ni síntoma alguno de debilidad.
Asomando los primeros claros del día por las grietas de las paredes recibí la primera llamada del agente Marcos encargado de controlarme- por supuesto ese no es su nombre real.
Buenos días Valentín- ¿donde estas, en el Globo?
Sí, pero estoy saliendo para la casa de mi hermana.
Queremos hablar contigo.
No hay problemas, espérenme cerca de ahí.
Tome dos de mis armas de connotado terrorista, la AK 47 de culata recortada marca canon de 12. 1 mega pixels y junto con el porta cohetes de ojivas nucleares interplanetarios Nokia XI colgados a la cintura cruce el barrio aun en los umbrales de sueño y salí al encuentro de los antiterroristas. Unos minutos después atravesaba en un ómnibus todo el parque Lenin que ya iba tomando vida de día festivo. Recordé, que los días festivos para mi habían terminado cuando estuve seguro que la “revolución” era la justificación del avasallamiento y la miseria de mi pueblo y que no volvería a tener uno hasta no verla extinguida. No había llegado al puente del Capri cuando el agente de la policía política vuelve a hacer contacto.
¿Valentín, por donde estas?
Llegando al puente del Capri. Yo me traslado en ómnibus.
Podemos vernos ahí. En el lugar donde nos vimos hace algún tiempo.
Sí, claro. Los espero.
Me bajo del ómnibus y subo el puente rumbo a la Estación de la Policía Nacional Revolucionaria. Antes de llegar donde la vía hace la curva se detiene un lada del cual se baja Marcos acompañado del coronel que había estado al mando del operativo el día 10 y 11 de diciembre frente a casa de Rodiles, cruzan la vía y me extienden la mano. Si digo que correspondo al saludo con repugnancia o desprecio miento. Estrecho la mano de otro cubano que un poder tiránico lo ha hecho ver en mi su enemigo; esta es la base del sostenimiento del los poderes totalitarios, convertirnos en enemigos unos de otros para batirnos por las sobras del poder que de esta forma nos victimiza a todos, negando que fluya el amor al prójimo. Los dos se han acercado risueños, con ese sonreír hipócrita y cínico de los prevaricadores sabiéndose amparados de impunidad.
Has bajado de peso Valentín. -Dice el agente- mientras los dos suben la acera.
Si, puede ser la comida o los ejercicios. -Le contesto-
El cubanito convertido en esbirro hace silencio y el coronel me dice: Valentín, venimos a conversar para que no vayas a Santa Rita hoy.
Esta orden enmascarada de decencia ya estaba prevista de antemano, estaba en mis pronósticos de dialogo. El coronel no parece haber leído “El Principito” y comete la insensatez de dictar órdenes que no van a cumplir.
Mire coronel, usted me puede pedir que no haga desorden, que no incurra en escándalo público, que lo respete y me manifieste sin ofensas, y algo más que pueda atentar contra la moralidad y las buenas costumbres de la sociedad, y lo puedo aceptar, pero que no vaya a Santa Rita, se equivoco coronel, usted no puede ni pedirme, ni ordenarme la violación de mis derechos. Solo si me convierte en un cadáver le obedezco.
La sonrisa de los labios del coronel ha desaparecido, la piel bien cuidada del rostro se le torna de un rosa leve, sus ojillos se engurruñan y le brillan como los de las ranas toros encandiladas por las lámparas de carburo en una cacería por la madrugada efectuada en la sabana 60 años atrás.
Me he tomado la molestia de venir yo personalmente a conversar contigo, pudiendo haber ordenado encerrarte y ya, creo que debes escucharme.- Dice el hombre con los grados subidos a la cabeza. Esto lo ha manifestado como si su presencia en estas circunstancias me causara honores. Es estúpido creelo, pero pretende darme la impresión de un gesto amable.
Si anteriormente solo existía el motivo de acompañar a mi hermana para que no fuera conducida al calabozo como el domingo anterior, sin tener un marcado interés por asistir al desfile de las Damas de Blanco en Santa Rita, ahora las palabras del coronel hacían mi asistencia un caso de vida o muerte donde el honor de toda mi vida se ponía en juego. El coronel demostraba ser un necio si había pensado en algún momento que yo desistiría acatando su prepotencia. La escuela de sicología de la Gestapo castrista le estaba fallando.
Lo estoy escuchando coronel, pero es inútil lo que usted persigue, yo nunca había ido a Santa Rita porque el domingo es el día que yo más trabajo, pero sabe porque estoy yendo ahora, por el encierro que le hicieron a mi hermana el domingo pasado para que no asistiera
¿Cómo, a tu hermana la encerraron? ¿donde? Me dice como si lo ignorara.
Si, en la unidad policial de Santiago.- Le contesto por decencia, pero no es la primera vez que el coronel me miente con descaro-. Mire, creo que me está amenazando y de esta forma terminamos de conversar, vamos para que me encierre.
El agente entonces intenta que la comunicación no se corte, pero no lo dejo.
Oye que se acabo por hoy dije, no tenemos más que hablar, a mí solo me ordena el que esta allá arriba. -Y señalo con el dedo hacia el cielo.
Prefieres estar encerrado – dice el coronel-
Claro, porque fuera me tiene que dar un tiro en la frente para no moverme; vamos.. y hecho andar hacia el lada estacionado al otro lado de la calle. Mis últimas palabras hicieron pasar del rosado pálido de antes a un rosado más intenso las mejillas del coronel, estuve seguro, que aunque había tenido la amabilidad de venir a detenerme, en un caso critico donde pudiera perjudicarle más profundo también tendría la cortesía de ordenar a otro secuas la extinción de la vida terrenal. Este desafío me gustaba, lo disfrutaba como la conquista de una mujer hermosa.

Marcos entra primero al asiento trasero y luego yo. El coronel se sienta al volante arranca y da un giro en U en medio de la vía tomando rumbo a Calabazar, justo encima del puente pregunta que donde está la estación más cercana. Atrás, a unos metros de donde estábamos, va en sentido contrario- le digo gustoso de orientarlo. Da otro giro en U con algo de brusquedad como si no estuviese conforme de lo que hacía y regresa sobre su recorrido.
No ha sido mi intención ofenderle coronel, pero cumpla usted con su trabajo. En una ocasión le dije que siempre y en cualquier lugar podríamos conversar, pero que cuando hubiesen amenazas, ofensas o golpes se acababan las palabras. Hoy se acabaron.
El oficial convertido ahora en un sátrapa prepotente deja el lada frente a la estación, se baja con toda la autoridad que le da el poder y cruza la calle perdiéndose detrás de la puerta. El agente que ha quedado conmigo lo noto algo desorientado, quizás a él también los estudios de sicología le habían dado una percepción diferente de mi perfil sicológico, nutriéndose de una forma equivocada de mis sentimientos cristianos.
Valentín, mira nosotros solo no queremos que no vayas hoy a la actividad.
Mira mi hermano, de la única forma que no voy es que ustedes me encierren, ustedes están muy equivocados, y ya hoy no quiero hablar más, te doy la oportunidad de hablar otro día sin que se les ocurra amenazarme.
Bueno, llama a tu hermana y dile que no vaya
Vez, ustedes se equivocan mucho, yo nunca haría eso.
El esbirro regresa ahora con todo su esplendor de verdugo ordenado por el presidente, solo le falta el uniforme de la Gestapo y la esvástica alemana para demostrar ser un autentico naci de los años 40.
Vamos- dice con autoridad-.
Me bajo y le digo: Voy apagar el teléfono. Ya esta vamos.
El coronel va delante, yo en el centro y el agente al final,. El agente me pide el teléfono para rectificar que este apagado. Esto me molesta.
Oye, te dije que lo apague, tú sabes que no miento.
Entramos y me entregan a un policía uniformado que me pide el carnet.
No lo traigo, pero te doy el número. (continua)

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